Introducción
Hubo un tiempo en España en que la ley permitía a un marido matar a su esposa si la sorprendía en adulterio, y salir absuelto. No era una posibilidad remota ni un vestigio medieval olvidado en los archivos: era el artículo 438 del Código Penal, vigente y aplicado, una norma que convertía el crimen pasional en algo parecido a un derecho. Carmen de Burgos lo sabía. Y decidió escribir sobre ello.
Colombine —como la conocían los lectores de su época— fue periodista, viajera, traductora y una de las voces más valientes de la España de principios del siglo XX. Vivió en carne propia lo que significaba ser mujer en una sociedad que legislaba sobre los cuerpos femeninos con la misma naturalidad con que regulaba el comercio o la herencia. Por eso cuando tomó este relato, no lo hizo desde la indignación abstracta del ensayo ni desde la distancia cómoda de la denuncia política: lo hizo desde la literatura, que es donde las verdades duelen de otra manera.
Lo que encontrará el lector aquí no es un panfleto disfrazado de ficción. Es algo más inquietante y más duradero: una historia que mira de frente la violencia doméstica, el honor como coartada y el silencio como cómplice, sin perder nunca el pulso narrativo ni caer en la caricatura fácil. Carmen de Burgos tenía el don de crear personajes que respiran, que se contradicen, que nos resultan incómodamente reconocibles incluso cuando hacen cosas que nos horrorizan.
La obra pertenece a ese territorio literario donde la trama y la crítica social se necesitan mutuamente para existir. Ninguna de las dos sobrevive sin la otra. El artículo 438 no es solo el título: es el eje sobre el que gira todo, el peso invisible que aplasta cada escena, la sombra jurídica que da forma a las relaciones, a los miedos, a las decisiones de los personajes. Pocas veces un número de ley ha funcionado tan bien como símbolo literario.
Leerla hoy produce una sensación extraña y reveladora a la vez. Extraña, porque su mundo parece lejano; reveladora, porque no lo es tanto. Los mecanismos del control, la justificación del daño como defensa del honor, la invisibilidad de ciertas violencias ante los ojos de la sociedad: Carmen de Burgos los disecciona con una precisión que el tiempo no ha vuelto anticuada, sino más nítida.
Hay además en esta escritura una elegancia que sorprende. No la elegancia decorativa de quien quiere gustar, sino la de quien sabe exactamente qué quiere decir y encuentra el modo justo de decirlo. La prosa de Colombine avanza con una seguridad que no necesita subir la voz para hacerse escuchar. Esa contención es, paradójicamente, lo que hace que algunas páginas resulten casi insoportables.
España tardó décadas en derogar el artículo 438. Hasta 1963 no desapareció del Código Penal. Carmen de Burgos murió en 1932 sin verlo abolido, pero dejó escrita esta obra, que es a su manera una forma de resistencia y también de memoria. Leerla es reconocer que la literatura puede hacer lo que la ley tardó tanto en hacer: nombrar la injusticia, darle rostro y negarle impunidad.
Pase la página con esa conciencia, y déjese llevar por una narradora que nunca subestimó a sus lectores.