Introducción
Hay libros que llegan al mundo en el momento exacto en que alguien los necesitaba, aunque ese alguien todavía no lo supiera. El arte de ser mujer es uno de ellos. Carmen de Burgos lo publicó en los primeros años del siglo XX, cuando España vivía encorsetada —literal y metafóricamente— entre tradiciones que decidían por las mujeres qué debían pensar, cómo debían moverse y a quién debían complacer. Y ella, con la elegancia de quien sabe exactamente lo que hace, se sentó a escribir un libro que hablaba de modas, de cuidados, de belleza y de hogar, y que en realidad hablaba de otra cosa: de la libertad de construirse a una misma.
Carmen de Burgos —Colombine, como la conocían los lectores de sus columnas— fue la primera mujer acreditada como corresponsal de guerra en España, viajera empedernida, traductora, novelista, conferenciante y activista por el divorcio en una época en que esa sola palabra escandalizaba salones enteros. No era una escritora que observara la vida desde lejos: la vivía con una intensidad que se cuela en cada página que firmó. Y esa intensidad está aquí, disfrazada de consejo práctico, latiendo bajo la prosa de manual.
Porque eso es lo que hace singular a este libro: su doble vida. En la superficie, ofrece orientación sobre el cuerpo, la casa, el trato social, los pequeños rituales que componían la existencia femenina de la época. Pero en el fondo, y sin que el lector pueda precisar exactamente cuándo ocurre el cambio, el texto se convierte en una reivindicación. Carmen de Burgos no le dice a la mujer lo que debe ser para gustar a otros; le dice lo que puede llegar a ser si se toma a sí misma en serio. La diferencia, en 1920, era revolucionaria.
Leerlo hoy produce una sensación extraña y fascinante: la de reconocer en un texto de hace más de un siglo preguntas que todavía no hemos terminado de responder. ¿Quién define los cánones del cuerpo femenino? ¿A quién sirve la idea de feminidad que nos han enseñado? ¿Dónde termina el cuidado propio y dónde empieza la exigencia ajena? Colombine no formulaba estas preguntas con la jerga de nuestro tiempo, pero las hacía, con la delicadeza de quien sabe que la provocación directa cierra puertas y la insinuación inteligente las abre de par en par.
Hay en estas páginas un placer añadido que no conviene ignorar: el de asomarse a un mundo desaparecido. Los detalles cotidianos que Burgos recoge —los gestos, los objetos, las preocupaciones menudas de la vida doméstica— componen un retrato de época de una precisión que ningún libro de historia logra del todo. Es literatura que huele a su tiempo.
Y sin embargo, lo que permanece no es el olor sino la voz. Una voz inteligente, irónica con suavidad, que nunca pierde la compostura pero tampoco pierde el hilo de lo que verdaderamente importa. Una voz que habla de mujer a mujer con una complicidad que, en su época, era casi un acto de valentía.
Carmen de Burgos murió en 1932, dando un discurso. Hasta el final, hablando. Este libro es parte de esa conversación que no quiso interrumpir, y que aún espera, con paciencia y con urgencia, que alguien la continúe.