Introducción
Hay una imagen que Jack London conocía desde adentro: la de un niño que se levanta antes del amanecer, cuando el frío todavía pesa sobre las calles, y camina hacia una fábrica que lo esperará durante doce, catorce, dieciséis horas. London la conocía porque la había vivido. Antes de convertirse en el escritor más leído de su generación, antes de los veleros y los mares del Sur, él mismo fue ese niño. Y quizás por eso El apóstata tiene una temperatura que los relatos escritos desde la comodidad raramente alcanzan: la temperatura de algo que duele porque fue verdad.
El cuento apareció en 1906, en pleno auge de la literatura de denuncia social norteamericana, ese momento en que algunos escritores decidieron que la ficción podía ser también un instrumento de conciencia. Pero London no escribe un panfleto. Escribe algo más perturbador: una historia sobre lo que le hace el trabajo sin fin a un ser humano por dentro, a su voluntad, a su capacidad de desear, de soñar, incluso de rebelarse.
El protagonista se llama Johnny, y desde pequeño trabaja en una hilandería. No es un héroe. No pronuncia discursos. No alza el puño. Es, más bien, un cuerpo que ha aprendido a funcionar como una máquina porque las máquinas que lo rodean así lo han moldeado. London lo observa con una precisión casi clínica, y en esa precisión reside el horror: no hay villanos evidentes, no hay un momento dramático de crueldad explícita. Solo el tiempo, la repetición y el agotamiento haciendo su trabajo silencioso.
El título lo dice todo y no dice nada hasta que uno termina de leer. Un apóstata es alguien que abandona una fe. ¿Qué fe abandona Johnny? Esa pregunta es el corazón del relato, y responderla aquí sería quitarle al lector el instante exacto en que el cuento se vuelve algo más que una historia sobre el trabajo infantil y se convierte en una meditación sobre la condición humana.
London tenía el don de los grandes narradores populares: sabía que una historia debe moverse, que el lector no puede quedarse quieto. El apóstata avanza con una cadencia casi hipnótica, acumulativa, que imita sin proponérselo el ritmo de los días que describe. Uno lee y siente que el tiempo pasa de otra manera, que algo se va gastando.
Es un cuento breve, de esos que se leen en una sentada y se quedan dando vueltas durante días. No necesita muchas páginas porque su efecto no depende de la acumulación de eventos sino de algo más sutil: la transformación lenta e irreversible de una persona. O quizás su des-transformación, su regreso a algo anterior al lenguaje y a la esperanza.
Leerlo hoy, cuando el debate sobre las condiciones laborales, la infancia robada y los límites de la resistencia humana sigue tan vivo como a principios del siglo XX, produce una incomodidad que no es desagradable sino necesaria. London nos recuerda que ciertas preguntas no envejecen, que la literatura sirve también para eso: para no dejar que nos acostumbremos.
Aquí está Johnny. Aquí está su historia. Léala despacio.