Introducción
Roberto Arlt escribía como quien tiene prisa porque sabe que el tiempo se acaba. Mecánico frustrado, inventor de patentes imposibles, cronista de los márgenes de Buenos Aires: todo en él era urgencia y contradicción. Y esa tensión —entre el sueño y la mugre, entre el deseo y la humillación— late en cada página de El amor brujo con una intensidad que pocas novelas argentinas han igualado.
Publicada en 1932, esta es quizás la obra más extraña y personal de Arlt, la que más incomoda a quienes esperaban encontrar al mismo autor feroz de Los siete locos. Aquí no hay conspiraciones ni apocalipsis urbano. Hay algo más perturbador: un hombre y una mujer, una madre que lo envenena todo, y el amor convertido en campo de batalla donde nadie sale ileso.
El protagonista, Balder, es un hombre que cree entenderse a sí mismo y no se entiende en absoluto. Se enamora de una muchacha joven con esa mezcla de ternura y posesión que Arlt conocía bien, porque la había visto —y quizás vivido— en los conventillos y pensiones del Buenos Aires de entreguerras. Pero entre ellos se interpone una figura que la novela convierte en algo casi mitológico: la madre. No la madre sentimental de la literatura cursi, sino la madre como fuerza oscura, como presencia que moldea a los hijos hasta deformarlos.
Lo que hace grande a El amor brujo no es su argumento sino su temperatura. Arlt escribe con una prosa que raspa, que no pide permiso, que mezcla el lunfardo con reflexiones casi filosóficas sin que la costura se note. Sus personajes piensan demasiado y sienten demasiado, y esa combinación los hace ridículos y entrañables al mismo tiempo. Uno los reconoce. Uno los ha visto —o ha sido ellos— alguna vez.
Hay en esta novela una crueldad lúcida hacia los mecanismos del deseo: cómo idealizamos a quien amamos hasta hacerlo irreconocible, cómo el amor puede ser también una forma de control, cómo las heridas de la infancia reaparecen disfrazadas de pasión adulta. Arlt no lo explica con la frialdad de un ensayista; lo muestra con la brutalidad de alguien que ha estado ahí dentro.
La crítica de su época no supo del todo qué hacer con esta novela. Era demasiado áspera para los refinados, demasiado introspectiva para los que buscaban acción, demasiado moderna para los conservadores. Con el tiempo, esa rareza se ha convertido en su mayor virtud. El amor brujo no encaja en ninguna categoría cómoda, y eso la mantiene viva cuando tantas obras prolijas y bien portadas han envejecido en silencio.
Leer a Arlt hoy es descubrir que Buenos Aires —y por extensión cualquier ciudad donde la gente sueña con escapar de su clase y su destino— no ha cambiado tanto. La angustia de sus personajes sigue siendo reconocible porque nace de algo que no caduca: la distancia entre lo que uno quiere ser y lo que termina siendo, entre el amor que se imagina y el que se puede sostener.
Esta novela no promete consuelo. Promete algo mejor: la sensación de que alguien, hace casi un siglo, miró la vida de frente y la escribió sin disimularle nada.