Introducción
Hay relatos que Lovecraft escribió antes de ser Lovecraft, y «El alquimista» es uno de ellos. Lo compuso hacia 1908, cuando tenía apenas dieciocho años, y no vio la luz impresa hasta 1916. Es, en cierto modo, un documento de origen: la primera piedra visible de un edificio que tardaría décadas en alzarse por completo. Leerlo hoy equivale a escuchar los primeros compases de una sinfonía que todavía no sabe exactamente lo que será, pero que ya reconoces.
El relato pertenece a una tradición que Lovecraft absorbió con devoción casi enfermiza: la de los cuentos góticos europeos, los castillos en ruinas, las maldiciones hereditarias, los secretos que se pudren durante siglos en los sótanos de las familias nobles. Hay ecos de Poe, naturalmente, pero también de las viejas leyendas medievales que el joven Howard Phillips devoraba en la biblioteca de su abuelo en Providence. La historia huele a pergamino y a piedra húmeda.
Lo que distingue a «El alquimista» de un simple ejercicio de imitación es la obsesión que ya late en su centro: el tiempo. No el tiempo como telón de fondo, sino el tiempo como amenaza, como sustancia corrosiva que puede doblarse o romperse. Lovecraft siempre tuvo miedo al tiempo —a lo que deja atrás, a lo que arrastra consigo, a lo que no muere cuando debería—, y ese miedo aparece aquí en su forma más desnuda y directa, sin los disfraces cósmicos que vendría a inventar más tarde.
El protagonista es un joven aristócrata que carga con una maldición transmitida de generación en generación. Hasta ahí, nada que no hayamos visto. Pero Lovecraft hace algo curioso: narra desde dentro de esa herencia, desde la intimidad de quien ha crecido sabiendo que algo antiguo y paciente lo espera. Esa perspectiva convierte el relato en algo más cercano a una confesión que a una historia de terror convencional.
Existe también en estas páginas una fascinación genuina por el conocimiento prohibido, por la ciencia que cruza fronteras que no debería cruzar. La alquimia no es aquí metáfora decorativa: es el instrumento de una venganza que desafía las leyes naturales. Y Lovecraft, que era un racionalista convencido y al mismo tiempo un escritor que necesitaba creer en lo imposible para poder escribir, manejaba esa contradicción con una honestidad que se nota.
Quienes llegan a este relato después de haber leído «La llamada de Cthulhu» o «Los sueños en la casa de la bruja» encontrarán aquí algo inesperadamente íntimo, casi doméstico en su horror. No hay dioses ciegos vagando por el cosmos. Hay una torre, una familia, un hombre y una cuenta pendiente que lleva siglos sin saldarse. La escala es pequeña; el escalofrío, no.
Y quienes lleguen a Lovecraft por primera vez a través de «El alquimista» descubrirán algo valioso: que detrás del monstruo más citado de la literatura fantástica del siglo XX había un escritor que empezó exactamente donde empiezan todos, aprendiendo a dar miedo con las herramientas que tenía a mano, puliendo una voz que todavía no era del todo suya pero que ya era inconfundible.
Este relato breve —se lee en una sola sentada, en menos tiempo del que tarda en enfriarse una taza de té— guarda la rareza de los comienzos verdaderos. Hay en él algo que los grandes libros posteriores, con toda su ambición, no pueden tener: la urgencia de quien escribe sin red, sin reputación que proteger, con la única certeza de que tiene algo que contar y que debe contarlo ahora.