Introducción
Hay un momento, en la infancia, en que uno desea crecer a toda costa. Ser mayor, ser importante, que llegue ya la gran ocasión. Hans Christian Andersen conocía ese momento mejor que nadie, quizás porque él mismo tardó demasiado en aprender a habitarlo con paz. Y de esa comprensión nació «El abeto», uno de sus cuentos más extraños y más verdaderos: la historia de un árbol que no sabe estar donde está.
El abeto del título vive en el bosque rodeado de sol, de pájaros y de aire fresco, pero no le basta. Quiere ser más alto, quiere que lleguen los leñadores, quiere saber qué hay más allá de los árboles que lo rodean. Andersen no necesita más que eso para construir algo que duele con suavidad, como duelen las cosas que uno reconoce sin querer reconocer.
Lo prodigioso de este cuento es que Andersen no moraliza, no levanta el dedo ni dicta sentencia. Simplemente deja que el árbol viva, que desee, que espere, que llegue su hora tan ansiada, y que descubra lo que hay al otro lado del deseo cumplido. El lector va viendo todo esto con una mezcla rara de ternura y de algo parecido a la tristeza, sin que nadie le haya dicho que debía sentirlo.
Andersen escribió este cuento en 1844, en plena madurez creadora, cuando ya había demostrado que los cuentos de hadas podían ser literatura adulta disfrazada de literatura infantil. «El abeto» pertenece a esa categoría de obras que los niños leen de una manera y los adultos leen de otra completamente distinta, y en las que ninguno de los dos se equivoca. Los niños ven un árbol. Los adultos ven el tiempo que se fue sin que uno lo notara.
Hay en el texto una cualidad casi musical: las estaciones pasan, los personajes aparecen y desaparecen, y el ritmo de la narración imita ese fluir sin que el lector pueda aferrarse a nada demasiado tiempo. Es un cuento sobre la memoria, sobre cómo idealizamos lo que no tenemos y olvidamos lo que sí tuvimos, sobre la dificultad de vivir en el presente cuando el futuro brilla tanto y el pasado pesa más de lo que esperábamos.
Lo que hace a Andersen inmortal no es la fantasía —aunque la maneja con una naturalidad asombrosa— sino su capacidad para encontrar en los objetos más humildes, en un patito, en una cerilla, en un árbol de bosque, la materia exacta del corazón humano. El abeto no habla porque sea mágico. Habla porque todos hemos sido ese abeto alguna vez.
Este cuento se lee en media hora. Pero conviene leerlo despacio, como se escucha una canción que uno creía olvidada y que de pronto vuelve entera. Andersen escribía así, con esa aparente sencillez que en realidad es el resultado de una precisión extraordinaria: cada palabra en su sitio, cada silencio calculado, cada imagen elegida para que resuene mucho después de que la página haya pasado.
Así que aquí está el abeto, impaciente como siempre, esperando que usted se acerque. Esta vez, al menos, uno de los dos ha aprendido a no tener prisa.