Introducción
Hay algo inquietante en la última novela que Julio Verne publicó en vida. No la inquietud de la aventura, ese cosquilleo familiar que acompaña a sus héroes más celebrados cuando suben a un globo o descienden al fondo del mar. Esta es otra cosa: una incomodidad más oscura, casi profética, que se instala en el lector desde las primeras páginas y no lo abandona del todo ni cuando cierra el libro.
Dueño del mundo apareció en 1904, cuando Verne tenía setenta y seis años y el siglo XX apenas comenzaba a mostrar su verdadero rostro. El mundo se llenaba de máquinas que prometían libertad y velocidad, y también de hombres convencidos de que dominar la técnica equivalía a dominar la realidad entera. Verne, que había pasado décadas celebrando el ingenio humano con una fe casi religiosa, decidió en este último tramo de su vida hacer una pregunta diferente: ¿qué ocurre cuando ese ingenio se divorcia de toda humildad?
La respuesta tiene nombre: Robur el Conquistador. No es un villano de cartón. Es algo más perturbador —un genio genuino, un inventor de capacidades extraordinarias que ha cruzado la frontera invisible entre la ambición legítima y el delirio de omnipotencia. Ya había aparecido en una novela anterior, pero aquí regresa transformado, irreconocible en su soberbia, al mando de una máquina que puede surcar el aire, la tierra y el agua con igual maestría. Una máquina que nadie más ha visto. Una máquina que él considera su derecho exclusivo sobre el mundo.
Frente a él, un inspector del gobierno norteamericano llamado Strock intenta seguirle la pista con paciencia y método. La novela es, en su superficie, una persecución: avistamientos misteriosos, velocidades imposibles, una presencia que aparece y desaparece sin dejar huella. Pero Verne no escribe thrillers de acción pura. Lo que le interesa es la tensión entre el orden y el caos, entre la ley humana y la voluntad que se declara por encima de ella.
Leer esta novela sabiendo que es la última que su autor vio publicada le añade una resonancia particular. Verne, el gran optimista del progreso, el hombre que imaginó submarinos y cohetes lunares décadas antes de que existieran, termina su obra visible con una historia sobre los límites del poder y la arrogancia de quien cree no tener ninguno. Eso no es una contradicción: es una madurez.
Hay en Dueño del mundo una atmósfera que recuerda menos a las novelas de aventuras juveniles y más a cierta tradición de la literatura fantástica donde la maravilla tecnológica convive con algo parecido al horror. La máquina prodigiosa no es aquí un instrumento de exploración sino de dominación, y esa diferencia lo cambia todo.
El siglo que Verne no llegó a ver del todo —con sus totalitarismos, sus armas de destrucción masiva, sus genios al servicio de ideologías que se creían dueñas del destino humano— está insinuado en estas páginas con una clarividencia que estremece. No porque Verne fuera un profeta, sino porque era un observador honesto de lo que la naturaleza humana lleva siempre consigo, incluso cuando viste el traje del progreso.
Este libro merece leerse despacio, con la misma atención con que se escucha a alguien que habla por última vez y sabe, quizás, que lo sabe.