Introducción
Hay obras que no se leen: se habitan. Y hay un nombre que, pronunciado en cualquier rincón del mundo, convoca de inmediato algo que va más allá de los libros: una forma de entender lo humano que lleva más de cuatro siglos sin envejecer. William Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon en 1564 y murió en 1616, y en ese intervalo de cincuenta y dos años escribió algunas de las páginas más representadas, más citadas y más amadas que existen. Lo extraordinario no es que sigan vivas. Lo extraordinario es que sigan doliendo.
Pensar en Shakespeare como en un monumento es el primer error que conviene cometer y abandonar cuanto antes. Detrás del busto de mármol y las ediciones solemnes hay un hombre que trabajaba para un teatro popular, que necesitaba llenar butacas, que escribía para actores concretos con cuerpos y manías concretas. Sus dramas nacieron del ruido: del público que comía y tosía en el patio del Globe, de los actores que improvisaban, de la ciudad de Londres bullendo alrededor. Esa urgencia viva es la que todavía late en cada escena.
Lo que este volumen reúne es, en esencia, un mapa del alma. Las tragedias —Hamlet, Macbeth, Otelo, El rey Lear— exploran con una precisión casi quirúrgica los mecanismos de la ambición, los celos, la duda y la vejez. Las comedias despliegan un mundo donde el amor se equivoca, se disfraza y al final, casi siempre, encuentra su camino. Los dramas históricos convierten la política en carne y hueso. Cada obra es un género en sí misma, y sin embargo todas comparten una misma certeza: que las personas son contradictorias, impredecibles y mucho más interesantes de lo que ellas mismas creen.
Shakespeare inventó personajes que pensaban en voz alta de un modo que nadie había hecho antes en un escenario. Hamlet no solo duda: nos hace dudar con él. Lady Macbeth no solo ambiciona: nos muestra el precio exacto de cada deseo cumplido. Falstaff no solo hace reír: nos recuerda que la cobardía y la alegría pueden convivir en la misma persona sin que eso la haga menos entrañable. Esa generosidad hacia la complejidad humana es, quizás, el secreto de su permanencia.
Leer estos dramas en español tiene su propia historia y su propio placer. La lengua castellana, tan rica en matices para la pasión y el honor, ha acogido a Shakespeare como si siempre le hubiera pertenecido un poco. Hay traducciones que son ya literatura en sí mismas, y releer a Shakespeare en español es también descubrir cuánto de universal hay en lo que creíamos propio.
No hace falta saber nada previo para abrir estas páginas. No hace falta haber estudiado el teatro isabelino ni conocer la Inglaterra de los Tudor. Lo único que se necesita es estar dispuesto a que alguien que murió hace cuatro siglos le diga algo que usted creía que nadie más sabía de usted.
Eso es lo que ocurre. Siempre ocurre. Y es, cada vez, una pequeña forma de asombro.