Introducción
Hay una pregunta que Julio Verne supo hacerse mejor que nadie: ¿qué ocurriría si…? No era una pregunta de laboratorio ni de enciclopedia, aunque Verne frecuentara ambos. Era una pregunta de niño con los ojos muy abiertos, y en Dos años de vacaciones la formuló de la manera más radical posible: ¿qué ocurriría si un grupo de muchachos quedara completamente solo en una isla desierta, sin un solo adulto que les dijera qué hacer?
La novela apareció en 1888, cuando Verne llevaba ya décadas construyendo su catedral de los Viajes Extraordinarios. Había enviado a sus personajes al centro de la Tierra, a la Luna, al fondo del océano. Pero esta vez el viaje no era hacia un lugar prodigioso: era hacia el interior de la propia condición humana, vista a través de quince chicos de entre ocho y catorce años que despiertan a bordo de una goleta a la deriva y comprenden, poco a poco, que no hay ningún capitán al timón.
Lo que Verne construye con esa premisa es algo más que una aventura. Es un experimento. Sus náufragos son escolares de un internado de Nueva Zelanda —ingleses, americanos, un francés, un negrito llamado Moko— y entre ellos tendrán que inventar desde cero el orden, la autoridad, la justicia y la supervivencia. Tendrán que decidir quién manda y por qué, cómo se reparte el trabajo, qué se hace cuando alguien rompe las reglas. Verne los observa con la misma curiosidad con que un naturalista observa una colonia: sin crueldad, pero sin condescendencia.
Es imposible leer estas páginas sin pensar en El señor de las moscas, que Golding escribiría sesenta y seis años después con una respuesta radicalmente distinta y mucho más sombría a la misma pregunta. Verne no era ingenuo —sus chicos tienen miedo, cometen errores, se pelean, conocen el peligro real—, pero sí creía, con la fe característica de su siglo, en la capacidad humana de organizarse y progresar. Esa diferencia de temperatura moral entre ambas obras dice tanto sobre sus épocas como sobre sus autores.
Lo que hace singular a este Verne es su escala íntima. No hay aquí el vértigo tecnológico del Nautilus ni la grandiosa soledad de Phileas Fogg. Hay fogatas encendidas con paciencia, cabañas construidas a pulso, discusiones sobre quién tiene razón y quién debe ceder. La isla Chairman —ese territorio que los muchachos irán cartografiando y nombrando como si lo estuvieran creando— se vuelve un espejo pequeño y preciso del mundo adulto que ellos todavía no conocen pero que ya están, sin saberlo, ensayando.
Hay también en el libro una alegría física, una celebración del cuerpo joven y capaz, que resulta contagiosa. Verne recuerda —o imagina con envidia— lo que significa tener catorce años y un bosque entero por explorar, un río que cruzar, un acantilado desde el que mirar el horizonte sin que nadie te llame a cenar.
Los adultos que lean esto reconocerán en algún rincón de sí mismos al chico que fueron o que quisieron ser. Los jóvenes que lo lean encontrarán algo más directo: la confirmación de que ellos también serían capaces. Esa doble puerta de entrada es uno de los secretos de Verne, y en ninguna otra novela suya está tan limpiamente abierta.
Adelante, entonces. La goleta Sloughi aguarda, el viento ya empuja, y nadie —absolutamente nadie— va a decirles lo que tienen que hacer.