Introducción
París está sitiada, hambrienta y agonizante durante la guerra franco-prusiana de 1870. En una mañana clara de enero, el relojero Morissot se encuentra por casualidad con el señor Sauvage, un mercero con quien, antes de la guerra, compartía cada domingo su gran pasión: la pesca a orillas del Sena. Evocando aquellos días felices —cuando bastaba un «¡Qué hermosura!» para entenderse—, y animados por unas copas de ajenjo, ceden a un impulso nostálgico: volver a su isla a pescar, aunque el frente esté cerca.
Consiguen un salvoconducto y llegan a la orilla, donde por un momento recuperan la vieja dicha: pescan, el sol les calienta la espalda, no piensan en nada. Entre captura y captura, filosofan ingenuamente sobre la guerra y los gobiernos, mientras el cañón del Mont-Valérien retumba a lo lejos. Pero de pronto son sorprendidos por una patrulla prusiana. Llevados ante un oficial, este los acusa de espías y les plantea un ultimátum: revelar el santo y seña del ejército francés o morir.
Los dos amigos, lívidos pero firmes, callan. El oficial insiste, los separa, les ofrece la vida en secreto; ellos permanecen mudos. Y así, tras un último «Adiós, amigo Sauvage», «Adiós, amigo Morissot» y un apretón de manos, son fusilados y arrojados al río con piedras atadas a los pies. El oficial, impasible, ordena entonces freír los peces que habían pescado. «Dos amigos» es uno de los relatos antibélicos más poderosos jamás escritos: en su brevedad implacable caben la ternura de una amistad, la dignidad del silencio y toda la fría crueldad de la guerra.