Introducción
Hay libros que se leen en una tarde y se recuerdan toda la vida. Doña Berta es uno de ellos: una novela breve, casi un poema en prosa, que Clarín escribió cuando ya era el crítico más temido de España y demostró, una vez más, que la ternura puede ser más devastadora que la ironía.
Leopoldo Alas llevaba dentro dos escritores que no siempre se reconciliaban: el demoledor de mediocridades literarias y el hombre capaz de una compasión sin límites hacia los seres frágiles. En La Regenta conviven ambos con igual fuerza. Pero en Doña Berta el crítico se retira discretamente y deja el campo libre al otro, al que sabía mirar a los viejos, a los olvidados, a los que el mundo ha dejado atrás sin darse cuenta.
La protagonista es una anciana asturiana que vive sola en una casona rodeada de naturaleza, apartada del tiempo y de la historia. Su existencia transcurre en una quietud que parece definitiva, hasta que algo del pasado —un secreto guardado durante décadas— regresa de la manera más inesperada. A partir de ese momento, Doña Berta emprende un viaje que es también una búsqueda, y esa búsqueda la llevará hasta Madrid, una ciudad que para ella resulta tan extraña como otro planeta.
Lo que hace singular a esta novela no es su argumento, sino su temperatura. Clarín escribe con una delicadeza que asombra viniendo de quien firmaba reseñas capaces de hundir reputaciones. Cada descripción del paisaje verde y húmedo de Asturias respira con la misma melancolía que la propia Doña Berta; el entorno y la mujer se confunden hasta volverse inseparables. Cuando ella abandona ese mundo, el lector siente el desarraigo en la piel.
Hay en estas páginas una reflexión honda sobre la memoria y sobre el precio que pagamos por no dejar morir ciertas cosas. Doña Berta podría haber elegido el olvido cómodo; en cambio elige otra cosa, y esa elección —tan humana, tan poco razonable— es lo que la convierte en un personaje que permanece mucho después de cerrar el libro.
Clarín publica esta historia en 1892, en plena crisis del realismo español, cuando muchos escritores empezaban a mirar hacia el simbolismo y el modernismo. Doña Berta vive en ese umbral: tiene la solidez psicológica del gran realismo decimonónico y, al mismo tiempo, una luz interior, casi visionaria, que la acerca a algo más moderno y más misterioso.
Es también, aunque no lo parezca a primera vista, una novela sobre el arte. El modo en que la pintura aparece en la trama —sin que convenga revelar cómo ni por qué— añade una dimensión inesperada: la pregunta de si una imagen puede contener una vida entera, si el arte puede ser, a la vez, consuelo y herida.
Leer Doña Berta es dejarse llevar por una voz que no levanta la voz. Clarín no necesita aquí ningún efecto dramático; le basta con seguir a esta mujer pequeña y obstinada con una atención tan respetuosa que acaba resultando, ella sola, emocionante. Pocas veces la literatura española del siglo XIX ha tratado la vejez con tanta dignidad y tanta verdad. Abra estas páginas cuando quiera que alguien le hable despacio y con honestidad.