Introducción
Hay libros que se leen y libros que se habitan. El Quijote pertenece a los segundos: uno entra en él como en una llanura sin fin y, al cabo de unas páginas, ya no sabe muy bien si va montado en Rocinante o si camina, incrédulo y sonriente, al lado de Sancho. Cervantes lo escribió hace más de cuatro siglos y, sin embargo, cada mañana vuelve a amanecer en la Mancha para quien abre la primera página.
Todo empieza con un hidalgo pobre de un lugar de cuyo nombre el narrador no quiere acordarse. Un hombre corriente que lee demasiado —libros de caballerías, con sus gigantes, sus encantadores y sus doncellas— hasta que, de tanto leer y tan poco dormir, se le seca el seso. Y entonces hace lo que nadie se atreve: decide creerse por completo lo que ha leído. Se fabrica una armadura con hierros viejos, bautiza a su rocín flaco como Rocinante, elige a una labradora por dama y sale a los caminos a resucitar, él solo, la edad dorada de la caballería andante.
Lo que sigue podría ser el relato de un loco, y a menudo lo es: don Quijote arremete contra molinos creyéndolos gigantes, confunde ventas con castillos y rebaños con ejércitos, y cosecha palizas donde esperaba gloria. Pero Cervantes hace algo prodigioso: no se ríe de su héroe, se ríe con él. Y bajo la carcajada late una ternura que lo cambia todo, porque el hidalgo no persigue riqueza ni poder, sino un mundo más justo y más hermoso del que le ha tocado vivir.
A su lado aparece la otra mitad del libro: Sancho Panza, el escudero de barriga generosa y refranes inagotables, que sueña con gobernar una ínsula. Si don Quijote es el ideal, Sancho es la tierra; si uno mira las estrellas, el otro mira la despensa. Y lo asombroso es cómo, kilómetro a kilómetro, se van contagiando: Sancho empieza a soñar y don Quijote empieza a dudar. Esa amistad, hecha de discusiones y lealtad, es una de las más entrañables que ha dado la literatura.
Conviene recordar quién sostenía la pluma. Miguel de Cervantes no escribió esta obra desde un cómodo despacho: había perdido el uso de una mano en Lepanto, había pasado cinco años cautivo en Argel y conoció por dentro las cárceles y las estrecheces de España. De esa vida golpeada nació, ya viejo, el humor más luminoso y comprensivo que quepa imaginar. No es casualidad que el libro entienda tan bien a los que fracasan.
Publicado en dos partes, en 1605 y 1615, el Quijote fue desde el principio un éxito arrollador, tanto que un impostor llegó a publicar una continuación falsa. Cervantes respondió con genio: en la segunda parte, sus propios personajes ya saben que existe un libro sobre ellos y andan por el mundo siendo famosos. Ese juego de espejos —una novela consciente de ser novela— es una modernidad tan asombrosa que muchos consideran a esta obra, sencillamente, la primera novela moderna.
No hace falta ser un erudito para disfrutarla. Se puede leer como una comedia de aventuras, como un festín de lenguaje, como un retrato vivísimo de la España de su tiempo o como una honda meditación sobre lo que significa perseguir un sueño en un mundo que lo llama locura. Cada relectura descubre un libro distinto, y por eso lleva cuatro siglos sin envejecer.
Al final —y no es un final que estropee contar— el hidalgo recobra la cordura y, ya cuerdo, se apaga. Sancho, que había empezado riéndose de él, le suplica entre lágrimas que no se muera, que salgan de nuevo a los campos. Es difícil leer esas páginas sin un nudo en la garganta, porque en ellas se decide una pregunta que el libro entero nos ha ido susurrando: ¿y si el loco era, en el fondo, el más cuerdo de todos?
Abra el libro, entonces, sin prisa. Deje que la Mancha se despliegue, que el rocín eche a andar. Le esperan risas, alguna lágrima y la compañía de dos hombres que, por creer en algo más grande que ellos, se volvieron inmortales.