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Acerca del libro

Portada de Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Don Quijote de la Mancha

Don Quixote (Cervantes Saavedra, Miguel de)
La novela más loca, divertida y humana de todos los tiempos narra las aventuras de Alonso Quijano, un hidalgo de mediana edad que, tras leer demasiados libros de caballería, pierde la razón y decide convertirse en el caballero andante Don Quijote de la Mancha. Junto a su escudero Sancho Panza, emprende salidas en busca de aventuras, confundiéndolas con la realidad (como molinos de viento que cree que son gigantes) y buscando siempre defender los ideales de caballería en un mundo que ya no los comprende. La obra es una parodia de los libros de caballerías de la época y explora temas como la locura, la realidad superada por la imaginación y la crítica social de la España de la época. La presente edición incluye, -al final de cada parte para no entorpecer la lectura-, las mejores notas de los grandes cervantistas como Clemencín, Rodríguez Marín, Schevill, Mendizábal, Martín de Riquer o Luis Andrés Murillo.
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Portada de Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes

Introducción

Hay libros que se leen y libros que se habitan. El Quijote pertenece a los segundos: uno entra en él como en una llanura sin fin y, al cabo de unas páginas, ya no sabe muy bien si va montado en Rocinante o si camina, incrédulo y sonriente, al lado de Sancho. Cervantes lo escribió hace más de cuatro siglos y, sin embargo, cada mañana vuelve a amanecer en la Mancha para quien abre la primera página.

Todo empieza con un hidalgo pobre de un lugar de cuyo nombre el narrador no quiere acordarse. Un hombre corriente que lee demasiado —libros de caballerías, con sus gigantes, sus encantadores y sus doncellas— hasta que, de tanto leer y tan poco dormir, se le seca el seso. Y entonces hace lo que nadie se atreve: decide creerse por completo lo que ha leído. Se fabrica una armadura con hierros viejos, bautiza a su rocín flaco como Rocinante, elige a una labradora por dama y sale a los caminos a resucitar, él solo, la edad dorada de la caballería andante.

Lo que sigue podría ser el relato de un loco, y a menudo lo es: don Quijote arremete contra molinos creyéndolos gigantes, confunde ventas con castillos y rebaños con ejércitos, y cosecha palizas donde esperaba gloria. Pero Cervantes hace algo prodigioso: no se ríe de su héroe, se ríe con él. Y bajo la carcajada late una ternura que lo cambia todo, porque el hidalgo no persigue riqueza ni poder, sino un mundo más justo y más hermoso del que le ha tocado vivir.

A su lado aparece la otra mitad del libro: Sancho Panza, el escudero de barriga generosa y refranes inagotables, que sueña con gobernar una ínsula. Si don Quijote es el ideal, Sancho es la tierra; si uno mira las estrellas, el otro mira la despensa. Y lo asombroso es cómo, kilómetro a kilómetro, se van contagiando: Sancho empieza a soñar y don Quijote empieza a dudar. Esa amistad, hecha de discusiones y lealtad, es una de las más entrañables que ha dado la literatura.

Conviene recordar quién sostenía la pluma. Miguel de Cervantes no escribió esta obra desde un cómodo despacho: había perdido el uso de una mano en Lepanto, había pasado cinco años cautivo en Argel y conoció por dentro las cárceles y las estrecheces de España. De esa vida golpeada nació, ya viejo, el humor más luminoso y comprensivo que quepa imaginar. No es casualidad que el libro entienda tan bien a los que fracasan.

Publicado en dos partes, en 1605 y 1615, el Quijote fue desde el principio un éxito arrollador, tanto que un impostor llegó a publicar una continuación falsa. Cervantes respondió con genio: en la segunda parte, sus propios personajes ya saben que existe un libro sobre ellos y andan por el mundo siendo famosos. Ese juego de espejos —una novela consciente de ser novela— es una modernidad tan asombrosa que muchos consideran a esta obra, sencillamente, la primera novela moderna.

No hace falta ser un erudito para disfrutarla. Se puede leer como una comedia de aventuras, como un festín de lenguaje, como un retrato vivísimo de la España de su tiempo o como una honda meditación sobre lo que significa perseguir un sueño en un mundo que lo llama locura. Cada relectura descubre un libro distinto, y por eso lleva cuatro siglos sin envejecer.

Al final —y no es un final que estropee contar— el hidalgo recobra la cordura y, ya cuerdo, se apaga. Sancho, que había empezado riéndose de él, le suplica entre lágrimas que no se muera, que salgan de nuevo a los campos. Es difícil leer esas páginas sin un nudo en la garganta, porque en ellas se decide una pregunta que el libro entero nos ha ido susurrando: ¿y si el loco era, en el fondo, el más cuerdo de todos?

Abra el libro, entonces, sin prisa. Deje que la Mancha se despliegue, que el rocín eche a andar. Le esperan risas, alguna lágrima y la compañía de dos hombres que, por creer en algo más grande que ellos, se volvieron inmortales.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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