Introducción
Hay libros que se escriben para consolar, para enseñar, para emocionar. Y luego está El diccionario del diablo, que se escribió para hacer daño —el daño limpio y necesario que solo produce la verdad dicha sin anestesia. Ambrose Bierce lo sabía. Lo sabía cuando publicaba sus definiciones por entregas en periódicos californianos, lo sabía cuando las reunió en volumen, y probablemente lo sabía desde mucho antes, desde que la Guerra Civil americana le enseñó, a los veinte años, que las palabras grandes suelen esconder cadáveres pequeños.
Abrir este libro en cualquier página es encontrarse con una trampa. Bierce finge hacer lo que hacen todos los diccionarios: definir. Pero donde el diccionario convencional aspira a la neutralidad, él apunta con precisión quirúrgica a la hipocresía, la vanidad y la estupidez humanas. La entrada parece comenzar con rigor académico y termina con un filo que uno no vio venir. Ese instante —el de la hoja que corta antes de que notes el corte— es el placer más particular que ofrece este libro.
Bierce fue periodista, soldado, crítico y misántropo de vocación. Vivió lo suficiente para detestar casi todo, y tuvo el talento suficiente para convertir ese desdén en arte. Sus contemporáneos lo llamaban Bitter Bierce, el Bierce amargo, como si la amargura fuera un defecto de carácter y no, en su caso, una forma de lucidez. Leerlo hoy es descubrir que muchas de las instituciones que él ridiculizaba —la política, la religión organizada, el matrimonio burgués, el periodismo complaciente— han sobrevivido intactas, lo cual convierte su ironía en algo más inquietante que el humor: en diagnóstico.
El libro no se lee de corrido, y esa es una de sus gracias. Es un objeto para tener cerca, para abrir al azar cuando uno necesita que alguien le confirme, con elegancia, que el mundo es exactamente tan absurdo como sospechaba. Pero también puede leerse de principio a fin, porque tiene una coherencia de fondo: la de una mente que nunca se rinde ante el eufemismo, que insiste en llamar a las cosas por lo que son aunque eso incomode a todos, empezando por el propio lector.
Porque Bierce no salva a nadie. No hay un «nosotros» cómplice frente a un «ellos» ridículo. La ironía cae sobre el clérigo y sobre el feligrés, sobre el gobernante y sobre el gobernado, sobre el necio y sobre el que se cree sabio. Leerlo exige cierta disposición a reconocerse en el blanco, y esa disposición, cuando llega, produce algo extraño: una risa que duele un poco, o un dolor que, de algún modo, divierte.
Su desaparición en México, en 1914, sin dejar rastro ni explicación, añade al personaje una última ironía que él mismo habría apreciado: el hombre que pasó décadas desmontando mitos terminó convirtiéndose en uno. Pero la obra quedó, y la obra no necesita el misterio del autor para funcionar. Se sostiene sola, con la solidez de todo lo que fue construido con rabia inteligente y un dominio absoluto del lenguaje.
Si usted cree que las palabras importan —que elegirlas bien o mal tiene consecuencias reales—, este diccionario le resultará al mismo tiempo un placer y una provocación. Bierce demostró que redefinir el vocabulario de una época es, a su manera, un acto subversivo. Cada entrada es una pequeña revolución contenida en tres o cuatro líneas. Y pocas cosas en la literatura son tan satisfactorias como una revolución que cabe en el bolsillo.