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Acerca del libro

Portada de De lo que vive el hombre

León Tolstoi

De lo que vive el hombre

Hay cuentos que parecen escritos desde antes del tiempo, como si alguien los hubiera encontrado grabados en piedra y se hubiera limitado a copiarlos. De lo que vive el hombre produce exactamente esa sensación: la de una historia que siempre existió y que Tolstói simplemente tuvo la gracia de transcribir. Publicado en 1885 dentro de sus Cuentos populares, este relato breve es quizás la pieza más pura que escribió el gigante de Yásnaia Poliana, y también la más desconcertante, porque en sus pocas
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Portada de De lo que vive el hombre
De lo que vive el hombre
León Tolstoi

Introducción

Hay cuentos que parecen escritos desde antes del tiempo, como si alguien los hubiera encontrado grabados en piedra y se hubiera limitado a copiarlos. De lo que vive el hombre produce exactamente esa sensación: la de una historia que siempre existió y que Tolstói simplemente tuvo la gracia de transcribir. Publicado en 1885 dentro de sus Cuentos populares, este relato breve es quizás la pieza más pura que escribió el gigante de Yásnaia Poliana, y también la más desconcertante, porque en sus pocas páginas cabe más humanidad que en muchas novelas de mil.

Para entonces, Tolstói había atravesado una crisis espiritual que lo transformó por completo. El mismo hombre que había escrito Guerra y paz y Anna Karénina renunció a la literatura como entretenimiento para los ricos y volvió sus ojos hacia los campesinos, hacia los humildes, hacia las formas antiguas de contar. Se interesó por los cuentos folclóricos rusos no como curiosidad etnográfica, sino como quien busca en ellos una verdad que la novela burguesa ya no podía darle. De lo que vive el hombre nació de esa búsqueda.

El cuento arranca con un zapatero pobre, el frío de un invierno ruso y un extraño que aparece desnudo junto a una capilla en ruinas. Es una escena de una sencillez casi brutal, y sin embargo desde las primeras líneas algo vibra por debajo, como cuando se camina sobre hielo y se escucha el agua moverse en la oscuridad. Tolstói conocía ese efecto: sabía que las historias más hondas no gritan, susurran.

Lo que hace singular a este relato dentro de toda su obra es la economía. No hay aquí la arquitectura monumental de sus grandes novelas, ni los personajes que crecen durante décadas. Hay, en cambio, una pregunta —o más bien tres preguntas— que un ser misterioso debe responder antes de poder marcharse del mundo de los hombres. Y la manera en que esas respuestas se van revelando, despacio, casi sin que el lector lo advierta, es una pequeña obra maestra de construcción narrativa disfrazada de ingenuidad.

Tolstói tomó prestada la estructura de los cuentos populares y la llenó con su propia teología laica, esa fe sin iglesia que tanto escandalizó a la Rusia oficial de su tiempo. El amor como fuerza que sostiene la vida no es aquí un concepto abstracto ni un sermón: es algo que se muestra, que se toca, que ocurre delante de los ojos del lector con la naturalidad de la nieve cayendo.

Leer este cuento hoy, en un mundo acelerado y ruidoso, tiene algo de acto subversivo. Nos pide que nos detengamos. Que miremos a quien tenemos al lado. Que nos preguntemos, con honestidad, qué es lo que realmente nos sostiene. Tolstói no impone respuestas: las deja caer suavemente, como quien abre una ventana y deja que entre el aire.

Es también, y esto no debe pasarse por alto, un cuento extraordinariamente bello. La prosa es limpia, casi oral, con ese ritmo de quien narra junto al fuego y sabe que sus oyentes tienen frío. Cada frase cumple su función sin adornos innecesarios, y esa austeridad tiene su propia elegancia, más difícil de lograr que cualquier virtuosismo.

Pocas veces una obra tan breve deja una huella tan duradera. Cuando se termina —y se termina pronto, demasiado pronto— uno se queda quieto un momento, sin ganas de pasar a otra cosa. Eso, en literatura, no tiene precio.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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