Introducción
Todos hemos sentido cómo la sangre sube a la cabeza, cómo una palabra o un gesto encienden en un instante algo que nos supera y del que casi siempre nos arrepentimos después. La ira es, quizá, la pasión más común y la más peligrosa. Hace veinte siglos, Séneca decidió mirarla de frente y escribir sobre ella uno de los tratados más completos y útiles que existen.
De la ira —dividido en tres libros y dirigido a su hermano Novato— es a la vez un análisis filosófico y un manual práctico. Séneca empieza por lo esencial: ¿qué es la ira? La define como el deseo de devolver el daño, de castigar, y muestra hasta qué punto es incompatible con la razón. Basta observar a quien la sufre —el rostro descompuesto, la voz quebrada, los ojos encendidos— para entender que en la cólera «no existe razón»: es, dirá, una especie de locura breve.
Contra Aristóteles, que veía en la ira un impulso útil, un aguijón que empuja al valor, Séneca responde con firmeza: nada bueno necesita apoyarse en una pasión que nos vuelve peores. El hombre nació para ayudar al hombre; la ira, para lo contrario, para la destrucción común. Y desfila entonces por una galería estremecedora de tiranos y hombres poderosos cegados por la rabia, cuyos arrebatos costaron ríos de sangre, para probar adónde conduce dejarle las riendas.
Pero lo más valioso del libro llega cuando Séneca deja el diagnóstico y ofrece la cura. Sus consejos son de una modernidad sorprendente, tan concretos que parecen escritos hoy: lo mejor es no dejar que la ira nazca, sofocar el primer impulso antes de que crezca; ante la ofensa, ganar tiempo, aplazar la respuesta, porque la demora desarma la cólera; conviene examinarse cada noche, pasar revista al propio día como un juez sereno; y, sobre todo, ponerse en el lugar del otro, recordar la propia fragilidad y lo poco que valen, vistas de lejos, las cosas por las que estallamos.
Leerlo produce una mezcla de reconocimiento y alivio. Reconocimiento, porque los estallidos que describe son exactamente los nuestros —el conductor que nos corta, el mensaje que nos hiere, la injusticia que nos hierve por dentro—. Y alivio, porque descubrimos que alguien, hace tantísimo tiempo, ya había pensado con calma en todo esto y había encontrado caminos para no ser esclavos de la propia rabia.
No es un libro que pida reprimir lo que sentimos, sino uno que enseña a no ser gobernados por ello. En una época tan crispada como la nuestra, pocas lecturas resultan tan oportunas.