Introducción
Todos queremos ser felices. En eso no hay discusión: es, quizá, el único deseo verdaderamente universal. El problema empieza justo después, cuando hay que decir en qué consiste esa felicidad y por dónde se llega a ella. Ahí, dice Séneca, es donde casi todo el mundo se pierde.
De la felicidad —De vita beata en su título latino— es el tratado en que el gran filósofo estoico se enfrenta a esa pregunta sin rodeos. Lo escribió hacia el año 58, dirigiéndose a su hermano Galión, y arranca con una advertencia que sigue siendo cierta: seguir a la multitud es la manera más segura de equivocarse, porque en la vida, a diferencia de en las votaciones, lo peor suele ser lo que más votos tiene. Nos dejamos llevar por la costumbre y el ejemplo ajeno, y así heredamos también sus errores.
La tesis de Séneca es tan sencilla de enunciar como difícil de vivir: la felicidad no está en el placer, ni en la riqueza, ni en el aplauso, sino en vivir conforme a la naturaleza y a la razón, es decir, en la virtud. Quien pone su bien supremo en el placer queda a merced de él, convertido en su esclavo; quien lo pone en la virtud posee algo que ni la fortuna puede quitarle. Buena parte del libro es un duelo intelectual con los epicúreos, a quienes Séneca acusa de haber confundido el fin de la vida con una de sus sensaciones más pasajeras.
Pero lo que vuelve fascinante a esta obra es su segunda mitad, donde el tono se vuelve casi personal. Séneca era, de hecho, uno de los hombres más ricos de Roma, y sus enemigos se lo echaban en cara: ¿con qué autoridad predica la austeridad quien vive rodeado de lujo? Su respuesta es una de las páginas más honestas de la filosofía antigua. No soy un sabio, admite; soy alguien que camina hacia la virtud y tropieza. Y sobre las riquezas traza una distinción que no ha perdido filo: el sabio no las desprecia neciamente, pero tampoco las ama; las tiene, no lo tienen a él; y si la fortuna se las lleva, se van solo ellas, no su serenidad.
Leerlo hoy produce una mezcla curiosa de cercanía y desafío. Cercanía, porque el diagnóstico —vivimos persiguiendo lo que creemos que nos hará felices y rara vez nos detenemos a examinar si es verdad— encaja con inquietante precisión en nuestra época de consumo y prisa. Desafío, porque la cura que propone, poner la vida bajo el gobierno de la razón, no admite atajos.
Breve, agudo y valiente, De la felicidad no es un manual de autoayuda con recetas fáciles. Es algo mejor: una conversación exigente con un hombre que se atrevió a pensar en serio qué significa vivir bien, y a reconocer, de paso, la distancia entre lo que sabía y lo que lograba. Una distancia en la que todos nos reconocemos.