Introducción
Nos quejamos de que la vida es demasiado corta. Que apenas empezamos a entenderla cuando ya se nos acaba; que no da tiempo a nada. Hace casi dos mil años, un romano llamado Lucio Anneo Séneca escuchó esa misma queja y respondió con una frase que sigue golpeando: no es que la vida sea breve, es que nosotros la hacemos breve. No recibimos poco tiempo: perdemos mucho.
De la brevedad de la vida es un tratado luminoso y punzante, escrito hacia el año 49 y dirigido a Paulino, un amigo que administraba el abastecimiento de grano de Roma —es decir, un hombre absorbido por las ocupaciones—. A él, y a través de él a todos nosotros, Séneca le hace una radiografía incómoda: miramos con celo nuestro dinero y nuestras tierras, pero regalamos el tiempo, lo único verdaderamente nuestro y lo único que no vuelve, al primero que nos lo pide.
El filósofo desfila entonces por una galería de «ocupados»: el ambicioso que persigue cargos, el avaro que cuenta monedas, el que vive pendiente de la agenda de los poderosos, el que aplaza siempre para más adelante el momento de vivir de verdad. Todos tienen algo en común: creen que tendrán tiempo después, cuando se jubilen, cuando terminen tal negocio, cuando lleguen a viejos. Y Séneca les recuerda, sin piedad y sin dramatismo, que ese «después» quizá no llegue, y que empezar a vivir cuando ya toca morir es la más tardía de las acciones.
Frente al ocupado levanta la figura del sabio, que no dilapida ni un instante. Para Séneca, quien se dedica a la filosofía y a la virtud no solo aprovecha su propia vida: la ensancha, porque conversa con todos los siglos, hereda la sabiduría de los que fueron y vive plenamente el único tiempo que existe de verdad, el presente. El pasado ya se fue; el futuro es incierto; solo el ahora está en nuestras manos, y es precisamente lo que más descuidamos.
Lo asombroso de este texto es lo poco que ha envejecido. Cámbiese la toga por el traje y el ágora por la oficina, y el retrato encaja con inquietante exactitud en la vida contemporánea: la prisa perpetua, el trabajo que lo devora todo, la sensación de no llegar, la promesa de descansar «algún día». Séneca ya lo había visto, y ya había dado el diagnóstico y la cura.
Breve —se lee en una tarde—, directo y lleno de imágenes que se clavan en la memoria, es una de esas obras que uno no termina igual que empezó. No promete alargar la vida: promete algo más difícil y más valioso, enseñarnos a habitarla. Una invitación, veinte siglos después, a dejar de aplazar lo esencial.