Introducción
Hay amores que no caben en el mundo. El de Catherine y Heathcliff es uno de ellos: una pasión tan absoluta, tan salvaje y tan destructiva que rompe los límites de lo razonable, de lo social y hasta de la muerte. En Cumbres borrascosas, su única novela, Emily Brontë escribió una de las historias de amor más intensas y perturbadoras de toda la literatura, un libro que en 1847 desconcertó a sus primeros lectores por su crudeza y que hoy se cuenta entre los clásicos absolutos.
La historia transcurre en los páramos batidos por el viento del norte de Inglaterra, un paisaje áspero y grandioso que es mucho más que un escenario: es el alma misma de la novela. Allí, en la casona llamada Cumbres Borrascosas, crecen juntos Catherine Earnshaw, indómita y apasionada, y Heathcliff, un niño huérfano de origen misterioso, de piel oscura, recogido por caridad y tratado como un intruso. Entre los dos nace un vínculo que no es solo amor, sino una identificación total: «Yo soy Heathcliff», llegará a decir Catherine. Dos seres que se sienten hechos de la misma materia.
Pero el mundo se interpone. Catherine, seducida por la comodidad y el prestigio, decide casarse con el elegante y suave Edgar Linton, aunque confiese que su amor por él es «como el follaje del bosque», mudable, mientras que su amor por Heathcliff es «como las rocas eternas». Herido en lo más hondo, Heathcliff desaparece. Y cuando regresa, años después, transformado en un caballero rico y glacial, trae consigo un único propósito que lo devora: la venganza. Una venganza fría, metódica y terrible que no se detendrá ante nada ni nadie, y que se extenderá como una sombra sobre la siguiente generación.
Lo asombroso de la novela es su fuerza elemental. Aquí no hay héroes ni villanos al uso, sino seres arrastrados por pasiones que los superan: el amor, el odio, los celos, el rencor, la crueldad y, por debajo de todo, una fidelidad que ni siquiera la tumba logra romper. Brontë no juzga a sus personajes; los deja arder. Y construye un relato de una modernidad sorprendente, narrado a través de varias voces y saltos en el tiempo, que envuelve al lector como una tormenta.
Cuando se publicó, firmada con el seudónimo masculino de Ellis Bell, la crítica la encontró brutal, extraña, casi monstruosa. Nadie imaginaba que su autora fuera una joven callada que vivía recluida con sus hermanas en una remota rectoría. Emily Brontë murió al año siguiente, con solo treinta años, sin saber que había escrito una obra maestra que la posteridad situaría entre las cumbres de la novela inglesa.
Leer Cumbres borrascosas es dejarse arrastrar por una fuerza oscura y magnífica, asistir a un amor que se parece más a una fatalidad de la naturaleza que a un sentimiento humano. Una historia feroz e inolvidable sobre lo que ocurre cuando la pasión no encuentra su lugar en el mundo y se convierte, a la vez, en la razón de vivir y en la causa de toda destrucción.