Introducción
Hay escritores que se ganan la inmortalidad con un solo libro, y Clarín fue uno de ellos: La Regenta lo consagró para siempre. Pero existe una trampa en esa clase de gloria, y es que el resplandor de la obra mayor puede oscurecer todo lo que la rodea. Así ha ocurrido durante demasiado tiempo con estos Cuentos morales, relegados al margen como quien guarda en un cajón las cartas más íntimas de un hombre célebre. Abrirlos hoy es descubrir que en ese cajón estaba, quizás, lo más vivo de Leopoldo Alas.
Clarín publicó estos relatos en los últimos años del siglo XIX, cuando España atravesaba una de esas encrucijadas históricas que obligan a los hombres sensibles a mirarse por dentro. Él lo hizo con una pluma que nunca eligió entre la ternura y la ironía, sino que las fundió en una sola voz: la de alguien que ama a sus personajes precisamente porque los conoce demasiado bien, con todos sus ridículos y todas sus grandezas.
El adjetivo morales del título merece una advertencia. No busque aquí sermones ni lecciones edificantes servidas con cuchara. La moral de Clarín no es la del catecismo sino la del observador que se pregunta, sin descanso, cómo vivimos y por qué nos cuesta tanto hacerlo bien. Sus personajes —curas de pueblo, mujeres atrapadas en convencionalismos, soñadores que tropiezan con la realidad, almas que buscan algo que no saben nombrar— no ilustran una tesis: la encarnan, la contradicen, la sufren.
Lo que hace singular este libro entre los libros de cuentos de su época es la temperatura emocional que Clarín consigue mantener. Hay relatos que empiezan como comedias costumbristas y terminan rozando lo sagrado. Hay otros donde la ironía más cortante se detiene de pronto, como si el autor se hubiera avergonzado de herir demasiado, y deja paso a una compasión que duele más que cualquier sarcasmo. Esa oscilación no es inconsistencia: es honestidad.
Clarín fue, ante todo, un crítico literario temido. Su pluma demolió reputaciones infladas y encumbró talentos ignorados. Pero cuando escribía ficción, esa misma inteligencia analítica se ponía al servicio de algo más misterioso: la capacidad de habitar una conciencia ajena, de escuchar sus contradicciones sin juzgarlas del todo. En estos cuentos se nota que el crítico ha salido a pasear y ha dejado la puerta abierta al novelista.
La brevedad del cuento le sentaba bien. Sin el espacio para construir la catedral arquitectónica de La Regenta, Clarín aprendió a decir lo esencial con una sola imagen, un diálogo que se corta antes de tiempo, un silencio que el lector debe completar. Hay páginas aquí que funcionan como esas fotografías antiguas en las que el gesto capturado revela toda una vida.
Leer estos relatos es también asomarse al fin de un siglo que se sentía acabar. España perdería en 1898 sus últimas colonias; Europa entera presentía que algo se rompía bajo los pies. Clarín murió en 1901, justo en el umbral, sin ver el siglo que vendría. Pero en estos cuentos hay ya una inquietud, una búsqueda espiritual que anticipa el tono de toda la generación siguiente.
Y sin embargo, nada de esto los hace pesados. Tienen humor, tienen gracia, tienen ese don de los grandes narradores que consiste en hacer que una historia pequeña se sienta enorme sin que uno sepa exactamente cuándo ocurrió el milagro. Clarín entra por la puerta de lo cotidiano y, cuando uno se da cuenta, ya está en otro sitio.
Estas páginas llevan esperando demasiado tiempo en la sombra de una novela gigante. Ya es hora de leerlas por lo que son.