Introducción
Hay escritores que, cuando bajan la guardia, revelan más de sí mismos que en sus obras más ambiciosas. Leopoldo Alas «Clarín» fue durante décadas el crítico más temido de las letras españolas: su pluma disecaba novelas y poemas con una precisión que hacía temblar a sus contemporáneos. Pero cuando se sentaba a escribir sus cuentos —esos relatos breves que cultivó con devoción casi secreta—, aparecía otro Clarín: más íntimo, más vulnerable, capaz de una ternura que sus artículos apenas dejaban entrever. Cuento futuro pertenece a ese territorio menos visitado y, precisamente por eso, más sorprendente.
El título ya es una declaración. No «cuento antiguo», no «cuento de hadas», sino futuro: una palabra que en boca de un escritor del siglo XIX suena a desafío, casi a broma filosófica. Clarín no era hombre que pusiera títulos por azar. Detrás de esa etiqueta hay una pregunta genuina sobre qué forma tomará la narración cuando el mundo cambie, cuando cambien los hombres, cuando cambien incluso los modos de creer y de soñar.
Porque Clarín era, ante todo, un pensador que no podía dejar de serlo ni cuando contaba historias. Formado en el krausismo, atravesado por las corrientes positivistas y espiritualistas que sacudían la Europa de su tiempo, vivió la tensión entre la razón y la fe como una herida personal. Esa tensión no desaparece en sus cuentos: se disfraza, se vuelve más sutil, se convierte en materia narrativa. Leerlo es asistir a un debate interior que él nunca resolvió del todo, y que por eso mismo no ha envejecido.
Lo que hace singular a este relato dentro de su producción es precisamente su audacia formal. Clarín se permite aquí un juego que pocos de sus contemporáneos españoles se habrían atrevido a proponer: imaginar la literatura misma desde otro tiempo, desde otra conciencia. No es ciencia ficción en el sentido moderno, pero tampoco es el cuento realista que se esperaría del autor de La Regenta. Es algo más extraño y más libre, un texto que parece escrito con la conciencia de que las convenciones literarias son, también ellas, históricas y perecederas.
Hay en estas páginas una ironía que no hiere, una melancolía que no aplasta y un humor que aparece cuando menos se le espera. Clarín sabía que la solemnidad sin fisuras es una forma de mentira, y en sus cuentos se concedía la libertad de sonreír. Esa sonrisa es quizá lo que más desconcierta a quien llega a él desde sus ensayos críticos: descubrir que el hombre que juzgaba sin piedad era también capaz de esta delicadeza.
Leer a Clarín en el siglo XXI tiene algo de conversación con alguien que ya intuía que el mundo en que vivía estaba a punto de romperse. Murió en 1901, en el umbral exacto de la modernidad, sin ver lo que vendría. Pero en textos como este se percibe esa inquietud de quien mira hacia adelante sin saber bien qué hay allí, y encuentra en la escritura el único modo honesto de habitar la incertidumbre.
Cuento futuro es breve, como todos sus relatos, pero la brevedad en Clarín nunca es escasez: es concentración. Cada frase lleva más peso del que aparenta. Vale la pena leerlo despacio, con la misma atención que él ponía en escribirlo, dejando que la ironía y la emoción se asienten antes de pasar a la siguiente línea. Pocas veces un título tan pequeño abre una puerta tan ancha.