Introducción
Hay algo incómodo en Coriolano, y esa incomodidad es precisamente su grandeza. Shakespeare escribió esta obra hacia 1608, en los últimos años de su carrera, cuando ya no le interesaba complacer sino interrogar, y el resultado es una de las tragedias más ásperas, más políticas y más desconcertantes que jamás salieron de su pluma. No es la tragedia del amor, ni del poder mal ejercido por ambición ciega, ni de la traición que nace del miedo. Es algo más raro y más difícil: la tragedia del hombre que no sabe mentir.
Cayo Marcio Coriolano es el mejor soldado de Roma. En el campo de batalla, es casi sobrehumano; su valor no tiene fisura, su cuerpo acumula cicatrices como medallas que nadie le pidió que ganara. Pero Roma no es solo un campo de batalla. Roma es también el foro, la asamblea, el rumor, la negociación, el gesto calculado ante la muchedumbre. Y ahí, en ese terreno resbaladizo donde las palabras valen más que las espadas, Coriolano es un hombre completamente perdido, o quizás, completamente honesto, que viene a ser casi lo mismo.
Shakespeare tomó la historia de Plutarco y la convirtió en algo que el historiador griego nunca imaginó: un examen feroz de la democracia, el populismo y la distancia irreductible entre el mérito y el poder. Los tribunos que manipulan al pueblo no son villanos de cartón; el pueblo que vota con el vientre no es una masa estúpida. Todos tienen sus razones. Lo perturbador es que Coriolano también las tiene, y aun así todo se rompe.
Pocas obras de Shakespeare han generado lecturas tan opuestas. En el siglo XX la reclamaron tanto la derecha como la izquierda, tanto quienes veían en Coriolano a un aristócrata traicionado por la chusma como quienes veían en él al fascista que desprecia al pueblo. Que ambas lecturas sean posibles no es una ambigüedad perezosa del autor: es la señal de que Shakespeare tocó algo verdadero sobre la política, algo que no se resuelve con una moraleja.
Y luego está Volumnia, la madre. Si Coriolano es el corazón de la obra, Volumnia es su columna vertebral. Ella lo forjó, ella lo armó, ella lo envió al mundo con la convicción de que la gloria militar era el único lenguaje que merecía hablarse. Cuando ambos se enfrentan en la escena más devastadora de la obra, Shakespeare nos obliga a preguntarnos quién creó a quién, y a qué precio.
El verso de esta tragedia es deliberadamente duro, cortante, sin las flores retóricas de obras anteriores. Shakespeare parece haber decidido que un hombre que odia la elocuencia merece una obra que tampoco se rinda fácilmente a ella. Hay momentos en que la sintaxis misma se quiebra, como si el lenguaje se negara a sostener lo que el personaje siente.
Leer Coriolano hoy, en un tiempo en que la política se ha convertido en espectáculo y el desprecio mutuo entre élites y ciudadanos parece una constante histórica, produce una sensación extraña: la de estar leyendo algo escrito hace cuatrocientos años que nadie ha conseguido superar. Shakespeare no da respuestas. Pero las preguntas que planta aquí —sobre el orgullo, sobre la lealtad, sobre lo que una sociedad le debe a sus héroes y lo que sus héroes le deben a ella— siguen sin tener contestación fácil.
Eso es lo que espera en estas páginas: no una historia tranquilizadora, sino una que araña.