Introducción
¿Somos dueños de nuestro destino o simples juguetes de las circunstancias? Pocas preguntas son más antiguas ni más apremiantes, y a ella dedica James Allen uno de sus libros más profundos: Controlar el destino, una meditación serena y exigente sobre la libertad interior y el arte de forjarse a uno mismo.
Fiel a la idea que recorre toda su obra —que el ser humano es el hacedor de su propia vida—, Allen sostiene aquí que el destino no es una fuerza ciega ni un decreto del azar, sino el fruto de una ley perfecta de causa y efecto que gobierna por igual el mundo de la mente y el de la materia. Sembramos pensamientos y actos, y cosechamos, tarde o temprano, sus consecuencias en forma de carácter y de circunstancias. Nada ocurre por casualidad: todo obedece a esa ley.
Lejos de ser una idea fatalista, esta convicción es, para Allen, la raíz de toda libertad verdadera. Si nuestra vida es el resultado de nuestros pensamientos y acciones, entonces, al aprender a gobernarlos, podemos dejar de ser esclavos de los hábitos ciegos y las reacciones automáticas para convertirnos en artífices conscientes de nuestro destino. El poder que buscamos fuera está, en realidad, dentro.
El libro recorre las herramientas de ese dominio de uno mismo: la fuerza de la voluntad, el poder de la concentración, el uso disciplinado del pensamiento y la paciente construcción del carácter. Allen no promete magia ni atajos: propone un trabajo interior constante, en el que cada dificultad y cada dolor —«pasos disciplinarios», los llama— se convierten en ocasión de crecimiento hacia un dominio cada vez más pleno.
Escrito con la prosa límpida y aforística que hizo célebre a su autor, Controlar el destino combina la reflexión filosófica y espiritual con una orientación eminentemente práctica. Es, a la vez, un tratado sobre la ley moral del universo y un manual para la conquista de uno mismo.
Leerlo es recibir una de las lecciones más hondas y esperanzadoras de la literatura de superación personal: que, por muy atados que nos sintamos a las circunstancias, siempre nos queda el poder de trabajar nuestra mente y nuestro carácter, y que en ese trabajo reside la única libertad que nadie nos puede arrebatar.