Introducción
De las tres consolaciones que nos han llegado de Séneca, esta es la más humana en un sentido inesperado: no solo por lo que dice sobre el duelo, sino por lo que revela, sin querer, sobre su propio autor. Escrita desde el destierro, mezcla la sabiduría más alta sobre la muerte con la debilidad más comprensible: la de un hombre que anhela desesperadamente volver a casa.
Su destinatario es Polibio, un liberto convertido en poderoso secretario del emperador Claudio, que acababa de perder a un hermano querido. Séneca, desterrado en Córcega, le escribe para consolarlo, y despliega con maestría los recursos del género. La muerte, le recuerda, no es una novedad ni una injusticia particular: «morir el hombre, cuya vida no es otra cosa que un viaje a la muerte, ¿qué tiene de nuevo?». Todos, tarde o temprano, hacemos el mismo camino: «unos vamos en un tiempo y otros en otro, pero todos caminamos a un lugar». Ante el destino que a nadie deja libre, la razón debe imponerse al llanto.
A esa base añade consejos concretos y llenos de tacto. Que Polibio aparte la vista de lo que lo atormenta y la vuelva hacia los muchos consuelos que aún tiene —hermanos, esposa, hijo—; que recuerde que la fortuna, al quitarle uno, le ha dejado muchos con quienes serenarse. Que comparta el dolor, porque repartido pesa menos: «parte de consuelo es dividir el dolor entre muchos». Y que no olvide su posición: un hombre público, admirado, tiene el deber de dar ejemplo de entereza, no de dejarse vencer.
Pero hay un segundo hilo que recorre el texto y que conviene leer sin ingenuidad. Séneca escribe desde el exilio, y no oculta su esperanza de ser llamado de vuelta. Por eso intercala en la consolación elogios encendidos al emperador Claudio, a quien presenta como fuente de consuelo y casi como remedio del género humano. Esa adulación —que la posteridad ha juzgado con severidad, y que se dice que el propio Séneca quiso después olvidar— es la nota discordante de la obra, y a la vez lo que la hace tan reveladora: bajo el filósofo sereno late un ser humano frágil, que sufre el destierro y suplica, con las armas que tiene, su libertad.
Leerla hoy es, por eso, una experiencia doble. Se encuentran en ella páginas hermosas y verdaderas sobre cómo afrontar la pérdida, útiles para cualquiera que atraviese un duelo; y se encuentra también, entre líneas, el retrato conmovedor de un hombre sabio atrapado en la desgracia, recordándonos que la filosofía no vuelve a nadie de piedra, y que incluso los grandes maestros del autodominio conocen la debilidad y el miedo.