Introducción
Hay ensayos que se leen y ensayos que se escuchan. «Confianza en uno mismo» pertenece a la segunda categoría: desde sus primeras líneas, uno tiene la sensación de que alguien está hablándole directamente, sin protocolo ni condescendencia, con la urgencia de quien ha descubierto algo que no puede guardarse para sí. Esa voz es la de Ralph Waldo Emerson, y en 1841, cuando publicó este texto, sacudió a sus contemporáneos con la misma intensidad con que sigue sacudiendo a cualquiera que lo abre hoy.
Emerson era, antes que nada, un predicador que había abandonado el púlpito. Renunció al ministerio unitario en 1832 porque no podía seguir administrando sacramentos en los que ya no creía, y canalizó toda esa energía espiritual hacia algo más difícil de contener: la escritura y la conferencia pública. Sus ensayos guardan ese ritmo del sermón —la cadencia, la repetición, el golpe súbito de la frase corta tras un período largo—, pero el dios al que invocan no vive en ninguna iglesia. Vive, según Emerson, en el interior de cada persona que se atreve a confiar en su propio juicio.
De eso trata este ensayo, y sin embargo decirlo así lo empobrece. Porque «Confianza en uno mismo» no es un manual de autoayuda ni un elogio del egoísmo. Es una requisitoria filosófica contra la imitación, contra la necesidad de aprobación ajena, contra esa costumbre tan humana de vivir mirando de reojo lo que piensan los demás. Emerson escribe con una radicalidad que incomoda: no propone matices, no concede excepciones. Exige.
Lo que hace singular a este texto entre todos los que se han escrito sobre la independencia del espíritu es su temperatura. No hay en él la frialdad del tratado ni la distancia del académico. Hay indignación, hay ternura, hay momentos en que la prosa se tensa como un arco y suelta la flecha en una sola frase que uno no olvida fácilmente. Emerson sabía que las ideas que no arden no cambian nada.
Nació en Boston en 1803, en el seno de una familia marcada por la pérdida —su padre murió cuando él tenía ocho años, y la tuberculosis se llevó a su primera esposa y a varios hermanos—, y quizás por eso su filosofía tiene esa urgencia particular: la de alguien que sabe que el tiempo es escaso y que desperdiciarlo siendo una copia de otro es la forma más triste de existir. El movimiento trascendentalista que lideró, con su fe en la bondad original del ser humano y en la naturaleza como espejo del alma, encontró en este ensayo su manifiesto más encendido.
Leerlo hoy produce una extraña mezcla de reconocimiento y desafío. Reconocimiento, porque los males que Emerson diagnostica —la conformidad, el miedo al juicio ajeno, la idolatría de la consistencia— no han envejecido ni un día. Desafío, porque sus exigencias tampoco. Hay párrafos que uno querría subrayar y otros ante los que uno preferiría mirar hacia otro lado, porque señalan demasiado bien.
No hace falta compartir cada una de sus ideas para salir transformado de este libro. Basta con dejarse llevar por esa voz que no pide permiso, que no se disculpa, que confía plenamente en que lo que tiene que decir merece ser dicho. Hay algo contagioso en esa actitud. Algo que, página a página, empieza a parecerse a una posibilidad.