Introducción
Hay escritores que nacen demasiado grandes para el recipiente que el mundo les ofrece. Robert E. Howard escribió sus historias de Conan en los años treinta para una revista de papel barato llamada Weird Tales, pagada por centavo la palabra, leída bajo lámparas de queroseno en casas de Texas o Illinois. Nadie habría apostado por la eternidad de aquel material. Y sin embargo, casi un siglo después, el cimmerio de pelo negro y ojos grises sigue caminando por la imaginación de millones de lectores como si nunca hubiera envejecido un solo día.
Lo que Howard inventó no fue simplemente un héroe musculoso. Fue un mundo entero: la Era Hiboria, ese continente imaginario situado en un pasado tan remoto que resulta anterior a cualquier historia conocida, donde los reinos tienen nombres que suenan a sueño —Aquilonia, Estigia, Zamora— y donde la magia no es metáfora sino amenaza real, húmeda y con colmillos. Howard construyó ese universo con una convicción geográfica e histórica tan sólida que los lectores lo habitan sin resistencia, como si estuvieran recordando algo en lugar de imaginarlo.
Conan el vengador pertenece a ese ciclo glorioso, y su título ya dice mucho sobre el tono que encontrará el lector: no es una historia de conquista ni de exploración, sino de deuda pendiente, de fuego que no se apaga. Hay en estas páginas una urgencia moral que distingue a Howard de otros fabricantes de aventuras: Conan no es un héroe porque siga un código caballeresco ni porque obedezca a ningún dios. Es un héroe —si acaso lo es— porque actúa, porque su voluntad no se doblega, porque en él late algo primitivo y honesto que las civilizaciones más refinadas han aprendido a disimular pero no a superar.
Eso es, quizás, el secreto más perturbador de estas historias. Howard no escribía fantasía escapista en el sentido en que solemos usar esa expresión. Escribía, con furia y con velocidad —a veces un relato entero en una sola noche—, una crítica feroz a la civilización. Sus bárbaros no son inferiores a los hombres de palacio: son más libres, más lúcidos, más capaces de ver la corrupción que anida bajo los mármoles y las sedas. Conan mira a los reyes y ve lo que son. Esa mirada incómoda no ha perdido un gramo de filo.
Howard murió a los treinta años, en 1936, y dejó un legado que él mismo nunca llegó a calibrar. Vivió en un pueblo pequeño de Texas, cuidó a su madre enferma, escribió sin descanso y se fue antes de ver cómo sus criaturas atravesaban el siglo. Hay algo de esa melancolía en la prosa, una intensidad que no parece calculada sino arrancada, como si cada frase costara algo verdadero.
Leer a Howard hoy es descubrir que la literatura popular, cuando está escrita con genuino talento y con una visión del mundo coherente, no envejece de la misma manera que la literatura seria. Envejece mejor, a veces. Porque no pretende explicar: prefiere mostrar, golpear, arrastrar. Y eso —ese arrastre, esa velocidad, ese mundo que se abre como una herida en la primera página— es exactamente lo que espera al otro lado de este libro.