Introducción
Hay escritores que construyen mundos y escritores que los invocan. Robert E. Howard pertenecía a la segunda categoría: sus ficciones no parecen fabricadas sino recordadas, como si la Era Hiboria hubiera existido realmente en algún pliegue oscuro del tiempo y él se hubiera limitado a transcribirla con la urgencia de quien teme olvidar. Esa sensación —la de estar leyendo historia, no fantasía— es quizá el primer misterio de Conan, y este volumen la destila con una intensidad particular.
Conan el vagabundo reúne algunas de las aventuras más libres y desordenadas del cimmerio, aquellas en las que el personaje no es todavía rey ni general sino exactamente lo que el título promete: un hombre sin ancla, que cruza fronteras como quien cruza charcos, que cambia de oficio —ladrón, mercenario, pirata, explorador— con la misma naturalidad con que otros cambian de camisa. Hay en esa condición errante algo que Howard conocía bien desde su propio encierro en Cross Plains, Texas, un pueblo pequeño del que nunca logró escapar del todo y desde el que, sin embargo, imaginó continentes enteros.
Lo que distingue a Howard de sus imitadores —y los ha habido a montones— es que Conan nunca es un símbolo ni una alegoría. Es un cuerpo en movimiento, con hambre real, con cansancio real, con una inteligencia práctica y feroz que desconfía de los sacerdotes, los magos y los reyes por igual. Cuando Howard lo describe entrando en una taberna o enfrentando a una criatura sobrenatural, la prosa tiene el mismo pulso: directa, muscular, sin adornos innecesarios, como un puñetazo bien dado. Esa economía de medios es una forma de respeto hacia el lector.
Pero reducir estas historias a pura acción sería un error. Bajo la superficie de espadas y hechicería late una visión del mundo genuinamente inquieta: la civilización, en el universo de Howard, no es progreso sino decadencia disfrazada de orden. Los bárbaros no son inferiores; son, a su manera brutal y honesta, más libres. Es una idea incómoda, provocadora, que el autor lanza sin suavizarla y que el lector puede aceptar, rechazar o simplemente contemplar mientras Conan sigue caminando hacia el siguiente horizonte.
Howard escribió la mayor parte de sus relatos de Conan entre 1932 y 1936, publicándolos en la revista Weird Tales a una velocidad que asombraba a sus contemporáneos. Murió a los treinta años, dejando un legado que tardó décadas en ser reconocido como lo que es: una de las mitologías populares más completas y coherentes que ha producido la literatura norteamericana del siglo XX. Leer estas páginas es entrar en contacto con ese momento de creación febril, con esa energía que no ha envejecido.
Porque Conan envejece mal en el cine, en los cómics, en los videojuegos —donde siempre termina reducido a un músculo con espada—, pero envejece extraordinariamente bien en el texto original. En Howard, el cimmerio piensa, duda un instante, actúa y sigue adelante. Esa secuencia, repetida con infinitas variaciones a lo largo de estas páginas, tiene algo hipnótico y verdadero que ninguna adaptación ha conseguido capturar del todo.
Abrir este libro es, en el fondo, darle una oportunidad a la versión auténtica de un personaje que creías conocer.