Introducción
Hay escritores que construyen mundos y escritores que los desatan. Robert E. Howard pertenece a la segunda estirpe. En los años treinta, desde un pequeño pueblo de Texas llamado Cross Plains, este joven solitario y voraz imaginó una edad que nunca existió —la Era Hiboria— y la pobló con dioses crueles, reinos en ruinas y guerreros que olían a sangre y a mar. Entre todas sus criaturas, una sola se convirtió en mito: Conan de Cimmeria, el bárbaro que un día llegaría a rey y que, en las páginas que tienes entre las manos, surca los mares más peligrosos del mundo conocido.
Conan el pirata no es simplemente una aventura de espada y sorcery. Es Howard en estado puro: urgente, físico, sin un gramo de condescendencia hacia el lector. Cuando Conan pisa la cubierta de un barco, el aire cambia. Hay en él algo que las civilizaciones educadas no pueden domesticar, una energía anterior a las leyes y a los dioses, que Howard convirtió en su gran tema secreto: la tensión irresuelta entre la libertad salvaje y el peso sofocante del orden.
El mar, en estas historias, no es decorado. Es un personaje con voluntad propia, tan impredecible y amoral como el propio Conan. Howard conocía los relatos de piratas clásicos —Stevenson, Defoe— pero los despojó de toda nostalgia romántica. Sus mares hiborios no prometen tesoros ni aventuras limpias; prometen traición, tormenta y la posibilidad real de morir antes del amanecer. Y sin embargo uno quiere estar ahí, en esa cubierta, bajo ese cielo sin misericordia.
Hay algo más que conviene saber sobre Howard antes de leerlo: escribía como quien no tiene tiempo. Y literalmente no lo tenía —murió a los treinta años, dejando una obra concentrada e intensa que parece escrita con fiebre. Esa urgencia se nota en cada página. Las frases golpean. Los personajes no se explican: actúan. El mundo no se describe: aparece, de golpe, como aparece el peligro.
Conan el pirata reúne algunas de las mejores páginas que Howard dedicó a su héroe en el agua: batallas navales narradas con una precisión casi táctil, puertos donde conviven lo exótico y lo sórdido, mujeres que no son víctimas pasivas sino fuerzas con sus propias agendas, y criaturas que recuerdan que en la Era Hiboria lo sobrenatural no es un adorno sino una amenaza tan concreta como un filo de acero.
Pero lo que hace grande a Conan —y lo que Howard entendió mejor que nadie— es que no es un héroe en el sentido convencional. No lucha por causas nobles ni por redención. Lucha porque es lo que sabe hacer, porque la vida le parece más vívida cuando está en juego, porque en el fondo desconfía de cualquier mundo que no pueda conquistarse con las manos. Esa honestidad brutal, esa negativa a disfrazar los instintos de virtud, resulta hoy tan incómoda y tan refrescante como lo fue en 1934.
Leer a Howard es también leer una época: la Gran Depresión, la América que soñaba con escapar de sí misma, la cultura pulp que producía literatura de usar y tirar y que, sin proponérselo, inventó algunos de los arquetipos más duraderos del siglo veinte. Conan sobrevivió a las revistas baratas donde nació, sobrevivió al olvido y a las adaptaciones, y sigue aquí, intacto en su ferocidad esencial.
Así que abre estas páginas sin buscar elegancia ni moraleja. Busca lo que Howard puso en ellas: viento salado, acero y una figura oscura en la proa que mira el horizonte como si le perteneciera.