Introducción
Hay escritores que inventan un personaje. Y hay escritores que inventan un mundo entero para que ese personaje pueda respirar. Robert E. Howard pertenece a la segunda categoría, y lo hizo en un tiempo récord: murió a los treinta años, en 1936, dejando tras de sí una mitología completa, una geografía imposible y un guerrero que lleva casi un siglo negándose a desaparecer.
Conan el cimmerio no es un héroe en el sentido clásico. No redime a nadie, no busca la virtud, no aprende lecciones de humildad. Es, ante todo, una fuerza: un hombre nacido en las montañas frías del norte que atraviesa el mundo conocido —y desconocido— como el filo de una espada atraviesa el aire. Lo que Howard logró con él es algo que los teóricos de la literatura tardan mucho en explicar y los lectores entienden en la primera página: la sensación de que ese hombre existe, que tiene peso, que huele a sangre y a viento.
Este volumen reúne algunas de las aventuras más puras de ese personaje, escritas con una urgencia que hoy todavía se percibe. Howard escribía rápido, sí, pero no escribía descuidado. Escribía como quien tiene demasiadas imágenes en la cabeza y teme que se escapen. El resultado es una prosa musculosa, casi física, que no se detiene a contemplarse a sí misma sino que avanza, que empuja, que arrastra al lector hacia adelante sin pedirle permiso.
Lo que hace única a esta colección es que muestra a Conan en su estado más esencial: sin el peso de las adaptaciones, sin el barniz de las continuaciones escritas por otros, sin el ruido de las películas. Aquí está el Conan de Howard, que es el único Conan que importa de verdad. Un hombre que ha sido ladrón, mercenario, pirata y rey, y que en cada una de esas vidas ha llevado consigo la misma mirada: la de alguien que no se hace ilusiones sobre el mundo pero que, precisamente por eso, sabe apreciarlo con una intensidad que los ingenuos nunca alcanzarán.
Howard construyó para estas historias la llamada Era Hiboria, un pasado prehistórico e imaginario donde los imperios surgen y caen, donde la magia es real y peligrosa, donde los dioses exigen sacrificios y los hombres fuertes escriben la historia con acero. Es un mundo que no pretende ser una alegoría ni una lección: pretende ser un lugar, y lo consigue. Leer estas páginas produce esa rara sensación de haber estado en algún sitio que no existe.
Hay quienes han mirado por encima del hombro a la sword and sorcery, el género que Howard prácticamente fundó con estas historias. Es un error de perspectiva. Lo que late aquí no es entretenimiento menor: es una exploración radical de la libertad, del instinto, de lo que queda de un hombre cuando se le despoja de toda civilización. Conan no es un bárbaro porque Howard no supiese escribir otra cosa; es un bárbaro porque Howard quería preguntarse, con toda seriedad, qué significa ser libre.
Esa pregunta sigue sin tener una respuesta cómoda. Y por eso este libro, escrito hace casi un siglo por un joven de Texas que nunca salió demasiado lejos de su ciudad natal, todavía tiene algo urgente que decirle a quien lo abre.