Introducción
Hay escritores que construyen mundos y escritores que los habitan. Robert E. Howard habitaba el suyo con una intensidad que rozaba la fiebre. Desde un pequeño pueblo de Texas, con poco más de veinte años, inventó una edad que nunca existió y la pobló de reinos en ruinas, hechiceros sin escrúpulos y guerreros que se mueven por el mundo como tormentas con nombre propio. El más célebre de todos ellos es Conan: el cimerio, el bárbaro, el rey. Y en este volumen, ese rey lo ha perdido casi todo.
Conan de las islas lo encuentra en un momento que pocos lectores esperan: despojado de su trono, viejo para los estándares de su mundo brutal, y sin embargo incapaz de rendirse a la quietud. Hay algo profundamente humano en esa imagen, la del hombre que ha alcanzado la cima y descubre que la cima no era el destino sino apenas una pausa. Howard entendía eso mejor que nadie. Escribía contra el tiempo, contra la mediocridad, contra la idea de que la vida ordinaria fuera suficiente.
Lo que distingue a este libro dentro del ciclo de Conan es su geografía interior tanto como la exterior. El cimerio se lanza al mar, hacia islas desconocidas más allá de los mapas conocidos, y ese viaje hacia lo ignoto funciona como algo más que aventura: es una pregunta sobre qué le queda a un hombre cuando ya no tiene corona ni causa. Howard no era un escritor de ideas abstractas, sino de ideas encarnadas en músculos, en acero, en olas que rompen contra cascos de madera. Pero las preguntas están ahí, latiendo bajo cada combate.
Conviene saber que Howard murió a los treinta años, en 1936, dejando su obra en un estado de magnífica incompletitud. Escribió con una urgencia que se nota en cada página: la prosa golpea, no adorna. Sus frases tienen la economía de alguien que sabe, de algún modo, que el tiempo es escaso. Leerlo hoy es encontrarse con una voz que no ha envejecido porque nunca pretendió ser refinada; pretendía ser verdadera, verdadera en el sentido más primario, el de la emoción que no pide permiso.
El mar que atraviesa Conan en estas páginas no es el Mediterráneo luminoso de los clásicos griegos ni el Atlántico romántico de los poetas ingleses. Es un mar más antiguo, más oscuro, cargado de amenazas que no tienen nombre en ningún bestiario conocido. Howard tomaba prestado de todas las mitologías y no le debía fidelidad a ninguna, lo que le daba una libertad creativa que todavía asombra.
Hay lectores que llegan a Conan buscando escapismo y encuentran algo más incómodo: un espejo. El bárbaro que desprecia las instituciones corruptas, que desconfía de los sacerdotes y los aristócratas, que juzga a los hombres por lo que hacen y no por lo que proclaman, resulta ser un personaje con una ética muy clara, aunque poco convencional. Howard no lo construyó como un héroe moral al uso. Lo construyó como un hombre libre, que es algo bastante más difícil de ser.
Este volumen, con sus batallas navales, sus islas al borde del mundo y su protagonista que se niega a envejecer en paz, es una de las entregas más melancólicas y más vigorosas del ciclo. La melancolía y el vigor no se contradicen en Howard: se alimentan mutuamente, como el viento alimenta el fuego.
Abra estas páginas y deje que el mar se lleve lo que sobre.