Introducción
Tres años antes, Jack London había contado la historia de un perro doméstico, robado y arrojado al Gran Norte helado, que poco a poco despertaba al lobo dormido en su sangre. Aquella novela, La llamada de lo salvaje, lo hizo mundialmente famoso. Colmillo Blanco es su imagen en el espejo: el camino contrario. Aquí no vemos a un perro volverse salvaje, sino a una criatura casi lobo que aprende, muy despacio y a golpes, lo que significa confiar y, al final, amar.
Empieza en la nieve, con miedo. Dos hombres huyen en un trineo perseguidos por una manada de lobos hambrientos; entre esos lobos hay una loba de sangre mestiza, y de ella nacerá el protagonista. Colmillo Blanco abre los ojos a un mundo donde la primera ley es también la última: comer o ser comido. No hay ternura en su cachorrez, solo hambre, frío y la certeza temprana de que vivir es pelear.
London narra ese mundo desde dentro, desde la mirada del propio animal, y lo hace sin una gota de sentimentalismo. Sabía de lo que hablaba: había participado en la fiebre del oro del Klondike, había remado por el Yukón, había visto de cerca la delgadísima línea que separa al hombre civilizado de la bestia. Ese conocimiento directo late en cada página; el Gran Norte de London no es un decorado, es una experiencia vivida.
La crueldad de los primeros capítulos es real y a veces dura de leer: los combates a los que los hombres obligan al animal, el hambre, la brutalidad de la manada y la de ciertos amos. Pero London no se recrea en ella por gusto. Todo ese sufrimiento tiene un propósito, porque lo que de verdad le interesa es la pregunta contraria: si a un ser lo moldean el miedo y el maltrato, ¿puede la bondad, más tarde, rehacerlo?
Ahí está el corazón del libro. Cuando Colmillo Blanco encuentra por fin a un amo justo, la novela cambia de temperatura y se vuelve una de las historias más conmovedoras que se han escrito sobre la lealtad y la redención. London difumina a propósito la frontera entre el hombre y la fiera: hay hombres más crueles que cualquier lobo, y animales más nobles que muchos hombres.
Su prosa es vigorosa, directa, hecha para el movimiento y la acción; se lee con la respiración un poco agitada. Y aunque el protagonista sea un animal, la gran pregunta que plantea es del todo humana: ¿qué nos hace lo que somos, la naturaleza con que nacemos o lo que la vida hace después de nosotros?
Por eso, más de un siglo después, sigue atrapando a lectores de todas las edades. Es aventura pura y, a la vez, una reflexión honda sobre el instinto, la violencia y la extraña capacidad que tenemos —hombres y bestias— de cambiar.
Pocos libros consiguen que el corazón se te encoja por un animal como si fuera una persona. Este es uno de ellos. Entra en la nieve del Yukón junto a ese cachorro que solo conoce el hambre y el miedo, y acompáñalo hasta el día, muy lejano, en que descubra que existe otra cosa.