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Portada de Clovis Dardentor

Julio Verne

Clovis Dardentor

Hay novelas de Julio Verne que pesan como continentes —el centro de la Tierra, el fondo del océano, la vuelta al mundo— y hay otras que pesan como una maleta bien hecha en vísperas de vacaciones. Clovis Dardentor pertenece a este segundo linaje, el más desenfadado y quizás el más honesto sobre lo que a veces necesitamos de la literatura: reírnos, respirar, dejarnos llevar por alguien que sabe exactamente adónde va aunque nosotros no tengamos ni idea. Verne la escribió en 1896, cuando tenía casi
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Portada de Clovis Dardentor
Clovis Dardentor
Julio Verne

Introducción

Hay novelas de Julio Verne que pesan como continentes —el centro de la Tierra, el fondo del océano, la vuelta al mundo— y hay otras que pesan como una maleta bien hecha en vísperas de vacaciones. Clovis Dardentor pertenece a este segundo linaje, el más desenfadado y quizás el más honesto sobre lo que a veces necesitamos de la literatura: reírnos, respirar, dejarnos llevar por alguien que sabe exactamente adónde va aunque nosotros no tengamos ni idea.

Verne la escribió en 1896, cuando tenía casi setenta años y llevaba décadas cartografiando el planeta con la imaginación. Para entonces conocía de sobra el truco: no hace falta inventar mundos imposibles cuando el mundo real, bien mirado, ya es suficientemente absurdo y maravilloso. Y así nació este libro: una travesía por el Mediterráneo y las costas de Argelia protagonizada no por un sabio ni por un explorador, sino por un comerciante de Perpiñán tan ruidoso, tan generoso y tan irresistiblemente satisfecho de sí mismo que resulta imposible no quererle.

Clovis Dardentor es, en el fondo, una criatura de comedia clásica. Tiene la energía de los personajes de Molière y la bonhomía de ciertos héroes de Dickens: ese tipo de hombre que entra en cualquier habitación como si ya fuera suya y que, sin embargo, no genera envidia sino afecto. Verne lo construyó con una precisión casi musical, sabiendo que un personaje así puede sostener él solo toda una novela si se le da la cuerda suficiente.

Pero sería injusto reducir el libro a su protagonista. Hay en estas páginas algo que Verne cultivó con más cuidado del que sus lectores suelen reconocerle: el arte de describir un lugar hasta hacerlo deseable. Orán, el Mediterráneo, los paisajes del norte de África aparecen aquí con una luminosidad casi táctil, como postales escritas por alguien que ha mirado de verdad y no solo ha tomado notas.

La novela pertenece a esa etapa tardía del autor en la que la aventura cede terreno a la ironía y el asombro geográfico convive con una observación más tranquila y más sabia de los seres humanos. Verne ya no necesitaba demostrar nada; podía permitirse el lujo de ser ligero, y la ligereza bien ejecutada es uno de los oficios más difíciles que existen.

Hay también, entretejida con la comedia, una pequeña trama sentimental que avanza con la discreción de quien sabe que no es el plato principal pero que le da al conjunto su temperatura justa. No es una novela de grandes revelaciones ni de giros que cambian la vida; es una novela que transcurre bajo un sol generoso y que, cuando termina, deja en el lector algo parecido a la satisfacción de un buen almuerzo en puerto extranjero.

En un momento en que todo parece exigir urgencia y profundidad, Clovis Dardentor propone algo diferente y no menos valioso: la compañía de alguien que disfruta de estar vivo y lo contagia. Verne sabía que eso también es literatura, y de la buena.

Abra estas páginas sin prisa. El Mediterráneo no desaparece.

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