Introducción
Hay cuentos que parecen haber existido siempre, como si nadie los hubiera escrito sino que simplemente hubieran aparecido un día, grabados en la corteza de un árbol viejo. «Claus el grande y Claus el chico» es uno de ellos. Y sin embargo, detrás de esa apariencia de cosa antigua y anónima, está la mano inconfundible de Hans Christian Andersen, ese hijo de zapatero danés que supo como nadie disfrazar de inocencia lo que en realidad es feroz, y de ingenuidad lo que en realidad es muy sabio.
Andersen publicó este cuento en 1835, en el primer volumen de sus Eventyr, esas historias que él llamaba «cuentos contados a los niños» pero que desde el primer día leyeron con igual deleite —y quizás mayor provecho— los adultos. Tenía apenas treinta años, era un hombre larguirucho y tímido que había sufrido la pobreza y la humillación con una intensidad que marcaría cada línea que escribió. Conocía bien lo que significa ser el pequeño frente al grande, el débil frente al poderoso. Y eso, en este cuento, se nota.
La historia arranca con una premisa casi de chiste: dos hombres que se llaman igual, uno con cuatro caballos y otro con uno solo. De esa diferencia tan concreta, tan cotidiana, tan aparentemente simple, Andersen construye una máquina narrativa que no para. Porque el cuento que viene a continuación es veloz, despiadado y divertidísimo, y tiene esa cualidad extraña de los relatos populares más antiguos: la de hacernos reír con cosas que, pensándolas dos veces, no tienen ninguna gracia.
Aquí no hay hadas, ni palacios encantados, ni doncellas que esperan ser rescatadas. Hay campesinos, establos, una abuela muerta, un arcón, un posadero y una cantidad sorprendente de engaños. Andersen toma los materiales del cuento folclórico escandinavo —ese mundo rudo, práctico, donde la astucia vale más que la fuerza— y los pule hasta darles un brillo literario que no les quita ni un gramo de su energía original.
Lo que hace único a este relato dentro de la obra de Andersen es precisamente eso: su ausencia de sentimentalismo. No hay lágrimas aquí, ni redenciones, ni moralejas envueltas en algodón. Hay lógica implacable, humor negro y una visión del mundo en la que el listo sobrevive y el tonto paga, con una frialdad que recuerda más a los hermanos Grimm que al Andersen de «La Sirenita». Es, en cierto modo, el Andersen más libre, el que todavía no había aprendido a contenerse.
Leerlo hoy produce una sensación curiosa: la de estar ante algo que reconocemos de inmediato, como si lo hubiéramos oído de niños aunque no lo hayamos leído nunca. Eso es la marca de los cuentos verdaderamente grandes, los que se instalan en algún lugar de la memoria colectiva antes incluso de ser leídos individualmente.
Y luego está el lenguaje. Andersen escribía para ser escuchado en voz alta, con las inflexiones y las pausas de alguien que cuenta junto al fuego. Esa oralidad atraviesa la traducción y llega intacta: el texto tiene ritmo, tiene humor de timing preciso, tiene esos giros inesperados que hacen que uno quiera seguir leyendo solo para ver qué disparate viene después.
Pocas páginas bastan. Pero pocas páginas tan bien aprovechadas encontrará el lector en toda la literatura para niños —y para adultos que todavía saben disfrutar de una buena historia sin pedirle que sea más de lo que es.