Introducción
Hay hombres que sueñan para escapar del mundo, y hay hombres que sueñan porque el mundo real les resulta, sencillamente, insoportable. Howard Phillips Lovecraft pertenecía a esta segunda categoría, y en esa diferencia —tan pequeña de enunciar, tan abismal de vivir— reside el corazón secreto de Celephais.
Escrito en 1920, este relato breve ocupa un lugar peculiar dentro de la obra de Lovecraft: no pertenece al ciclo del terror cósmico que lo hizo célebre, ese universo de dioses dormidos y verdades que enloquecen, sino a algo más íntimo y, en cierto modo, más perturbador. Pertenece al llamado Ciclo de los Sueños, ese territorio onírico que el autor construyó con la misma meticulosidad con que otros construyen catedrales. Celephais es una ciudad que existe únicamente en los sueños de su protagonista, y sin embargo tiene torres de mármol, cielos eternamente azules y un mar que nunca cambia. Es más real, en todos los sentidos que importan, que cualquier lugar que el personaje haya pisado despierto.
Lo que Lovecraft logra aquí es algo que muy pocos escritores consiguen: hacer que el lector desee un lugar que no existe. No se trata de fantasía decorativa ni de escapismo inocente. La ciudad de Celephais está construida con la materia de la nostalgia más profunda, esa que no recuerda un lugar concreto sino una sensación perdida, una plenitud que quizás nunca existió pero que el alma jura haber conocido.
El protagonista, Kuranes, es un hombre que ha fracasado en todos los términos en que el mundo mide el fracaso: sin fortuna, sin vínculos, sin porvenir. Pero cada noche regresa a Celephais, y cada noche la ciudad lo recibe como si el tiempo no hubiera pasado. Lovecraft no nos cuenta una historia de terror; nos cuenta una historia de amor. Un amor imposible, obsesivo y absoluto dirigido hacia algo que no puede tocarse con las manos.
Leer Celephais es entender que Lovecraft no solo inventaba monstruos: también inventaba paraísos. Y que sus paraísos, a su manera, dan tanto miedo como sus abismos. Porque la pregunta que late bajo cada frase de este relato es incómoda y genuina: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por habitar el único lugar donde somos felices?
La prosa de Lovecraft alcanza aquí una musicalidad inusual, casi hipnótica. Las frases se alargan como olas, los nombres suenan a encantamiento, y la frontera entre el sueño y la vigilia se disuelve con una suavidad que resulta más inquietante que cualquier monstruo. El autor escribe como quien recuerda algo que le duele recordar.
No hace falta conocer el resto de su obra para adentrarse en estas páginas. Celephais funciona sola, como funciona un sueño que se tiene una sola vez y del que uno despierta con la extraña certeza de haber estado en algún sitio verdadero. Pero quienes ya conocen a Lovecraft encontrarán aquí algo que sus otras obras no siempre muestran: su vulnerabilidad.
Abra este libro cuando el mundo exterior le parezca demasiado ruidoso, demasiado gris, demasiado ajeno. Kuranes lo estará esperando al otro lado.