Introducción
En la primera versión que los hermanos Grimm publicaron en 1812, quien deseaba la muerte de Blancanieves no era una madrastra: era su propia madre. La envidia de una madre hacia la belleza de su hija resultó demasiado escandalosa para la buena sociedad de la época, y en ediciones posteriores los Grimm la convirtieron en la madrastra que todos conocemos. Ese pequeño dato dice mucho de este cuento: bajo su apariencia infantil late una historia bastante más oscura y más honda de lo que el recuerdo sugiere.
La conocemos todos, o creemos conocerla. Una reina pregunta cada día a su espejo mágico quién es la más hermosa del reino, y durante años la respuesta la complace. Hasta que un día el cristal pronuncia otro nombre: Blancanieves. En ese instante los celos se vuelven odio, y arranca una persecución que llevará a la niña a huir al bosque, a refugiarse con siete enanos y a enfrentarse, una y otra vez, a los engaños de quien la quiere muerta.
El tema profundo del cuento es la envidia, ese veneno que corroe primero a quien lo siente. La reina no odia a Blancanieves por algo que haya hecho, sino por lo que es: más joven, más hermosa, más pura. Los Grimm retratan con una precisión implacable cómo los celos pueden empujar a una persona hacia la crueldad más extrema, y cómo esa crueldad termina, siempre, volviéndose contra ella misma.
Frente a la reina, Blancanieves encarna la inocencia que sobrevive. Expulsada, engañada tres veces —el lazo que la asfixia, el peine envenenado, la célebre manzana—, la niña conserva su bondad y encuentra amparo en los humildes. El relato dice algo antiquísimo y consolador: que la pureza de corazón, aunque parezca indefensa, acaba imponiéndose.
Conviene leerlo en su forma original, porque los Grimm no escribían para dormir a los niños, sino para preservar un mundo. Recogían de boca del pueblo unos cuentos crudos, donde el bosque es peligro y refugio a la vez y la muerte ronda cada página, y los fijaban por escrito con una moral tajante. Su final es prueba de ello: la reina no se marcha impune, sino que recibe un castigo tan brutal como los de las viejas leyendas, muy lejos de las versiones dulcificadas del cine.
Como todo gran cuento de hadas, Blancanieves funciona en dos planos a la vez. Para el niño es una aventura emocionante, con héroes, villanos y un final feliz. Para el adulto es un mapa de miedos y deseos universales: la rivalidad, el paso de la infancia a la madurez, el terror a envejecer, la esperanza de que el bien, contra todo pronóstico, gane la partida.
Su huella es planetaria. El espejo mágico, la manzana envenenada, los siete enanos, el ataúd de cristal: todas esas imágenes nacieron o se fijaron aquí, y de aquí saltaron al cine, al teatro y a la imaginación de medio mundo. Pocas historias han calado tan hondo en la memoria colectiva de Occidente.
Vale la pena volver al principio, a estas páginas breves y afiladas, y descubrir cuánto más fuertes son que su propia fama. Asómate al espejo junto a la reina; la respuesta que está a punto de dar cambiará la vida de una niña para siempre.