Introducción
Hay odios que no se explican con palabras, que nacen antes de que el primer golpe caiga o el primer insulto se pronuncie. Son odios que parecen venir de otra parte, de algún lugar oscuro donde el instinto y la memoria se confunden, donde dos criaturas se reconocen mutuamente como enemigas desde el primer instante en que sus ojos se encuentran. Jack London conocía esa clase de odio. Lo había visto en los campos de trabajo, en los muelles de Oakland, en las pistas heladas del Yukón. Y cuando se sentó a escribir este relato, no eligió un amor ni una amistad ni una redención: eligió el odio más puro y más simétrico que había imaginado jamás.
«Bâtard» es un cuento breve, casi cruel en su brevedad. London lo publicó en 1902, en pleno fervor de su etapa del Gran Norte, esa serie de relatos y novelas que lo convirtieron en el escritor más leído de su generación. Pero dentro de ese ciclo, este texto ocupa un lugar extraño, incómodo, como una piedra afilada en medio del camino. No hay aquí la épica del lobo blanco ni la aventura del colmillo que se domestica. Hay, en cambio, algo más perturbador: la historia de un hombre y un perro que se destruyen mutuamente con una dedicación casi metódica, casi amorosa en su intensidad.
El hombre se llama Black Leclère. El perro no tiene nombre propio al principio, solo el insulto con que lo bautizan: bâtard, bastardo en francés. Mestizo, hijo de loba y de perro, criado en el desprecio. Desde el primer párrafo, London establece algo que muy pocos escritores se atreven a sostener durante todo un relato: que ninguno de los dos tiene razón, y que ninguno de los dos merece nuestra simpatía completa. Es una apuesta arriesgada. Y funciona.
Lo que hace grande a este cuento no es su trama, sino su tono. London escribe con la misma frialdad con que el Yukón trata a sus habitantes: sin piedad, sin adornos, sin la menor condescendencia hacia el lector. El paisaje helado no es decorado sino condición; el frío no es metáfora sino hecho. Y dentro de ese mundo donde sobrevivir ya es un logro, dos seres eligen gastarse el uno al otro como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Hay algo profundamente moderno en esa elección. London no moraliza, no explica, no redime. Deja que los hechos hablen con una brutalidad que hoy seguiría siendo difícil de publicar sin que alguien pidiera explicaciones. Y sin embargo, el relato no es gratuito. Hay en él una pregunta que late por debajo de cada escena: ¿qué es lo que convierte a un ser vivo en enemigo irreconciliable de otro? ¿La crueldad aprendida? ¿El instinto? ¿Algo que simplemente es, sin causa ni remedio?
London tenía veintiséis años cuando escribió este cuento. Ya había sobrevivido a la fiebre del oro, al hambre, al mar. Sabía que la naturaleza no premia la bondad ni castiga la maldad; simplemente continúa. Esa convicción atraviesa cada línea de «Bâtard» como un alambre tenso.
Son pocas páginas. Se leen de un tirón, con esa mezcla de fascinación y malestar que solo los grandes cuentos producen. Y cuando se terminan, cuesta sacudirse la sensación de haber presenciado algo que no debería haberse visto, algo que ocurre en los márgenes del mundo civilizado, donde las reglas que nos contamos para dormir tranquilos dejan de aplicarse.
Adelante, entonces. Pero no esperes salir igual.