Introducción
En plena era del culto al trabajo, cuando —dice Stevenson— todos estamos obligados «bajo pena de lesa respetabilidad» a entrar en una profesión lucrativa y afanarnos en ella, este ensayo alza una voz herética y encantadora en defensa del ocio. Y aclara de entrada el malentendido: la ociosidad «no consiste en no hacer nada, sino en hacer mucho de lo que no está reconocido en los formularios dogmáticos de la clase dominante».
Con ingenio y una prosa chispeante, Stevenson defiende al vagabundo, al paseante, al que se sienta junto al arroyo a fumar una pipa: porque «los libros están bien en su estilo, pero son apenas un pálido sucedáneo de la vida», y la verdadera escuela —la de Dickens y Balzac— es la calle. El ocioso adquiere «una educación más verdadera» que el estudiante encorvado sobre raíces hebreas: aprende el Arte de Vivir, gana sabiduría, tolerancia e ironía, mientras los «industriosos» se vuelven «secos, rancios y dispépticos», almas empequeñecidas por una vida sin juego.
Y en el corazón del ensayo, su tesis luminosa: «Ningún deber se valora menos entre nosotros que el deber de ser felices». Porque el que es feliz irradia bien a su alrededor —«un beso puede hacer felices a dos, pero una broma a veinte»— y hace por el mundo más que muchos afanosos. Frente a la vanidad de la ambición, Stevenson recuerda que «pocas son las funciones individuales verdaderamente indispensables». Un clásico del ensayo, sabio, irónico y contagiosamente vital.