Introducción
Hay un sueño que casi todos hemos tenido alguna vez: caer al vacío, correr sin poder avanzar, sentir que algo nos persigue desde una oscuridad que no tiene nombre. Jack London leyó esos sueños con ojos de científico y de narrador, y se preguntó qué pasaría si alguien no pudiera despertar de ellos. La respuesta fue Antes de Adán, una novela breve y absolutamente singular en la que la memoria ancestral deja de ser una metáfora para convertirse en la sustancia misma de la historia.
London escribió este libro en 1906, en plena ebullición del darwinismo popular y de las grandes excavaciones paleontológicas que sacudían la imagen que el ser humano tenía de sí mismo. El mundo acababa de descubrir que su árbol genealógico era mucho más antiguo y mucho más extraño de lo que cualquier teología había imaginado. London tomó esa inquietud colectiva y la llevó al único lugar donde podía volverse completamente íntima: el interior de una mente dormida.
El narrador de la novela es un hombre de nuestro tiempo —o casi del nuestro— que cada noche, al cerrar los ojos, se convierte en otra persona. No en un antepasado vago o simbólico, sino en un individuo concreto que vive, teme, ama y huye hace cientos de miles de años, en los albores de lo que apenas podríamos llamar humanidad. London bautizó a ese ser con una ternura irónica: Dientes de Leche. Y en ese nombre ya está todo el tono del libro: científico y enternecedor a la vez, épico y profundamente vulnerable.
Lo que hace única a esta obra dentro del catálogo de London —y London es un catálogo vastísimo, lleno de mares y colmillos y hombres al límite— es precisamente su escala. No hay océanos ni fiebres del oro ni boxeadores ni lobos. Hay una pradera prehistórica, un árbol donde refugiarse, el olor del fuego descubierto por primera vez, el miedo a las Gentes del Fuego que conocen un secreto que Dientes de Leche todavía no comprende. La grandeza aquí se mide en gestos pequeñísimos: aprender a trepar, reconocer un rostro amigo, sobrevivir una noche más.
London se documentó con seriedad. Leyó a los paleontólogos y antropólogos de su época, consultó teorías sobre el Homo heidelbergensis y sobre los primates que nos precedieron, y construyó un mundo que, para los estándares científicos de 1906, era riguroso y especulativo a partes iguales. Pero su genio no estaba en la exactitud: estaba en convencernos de que ese mundo nos pertenece, de que Dientes de Leche no es un extraño sino una capa más profunda de nosotros mismos.
Hay algo perturbador y hermoso en esa idea. Somos, según London, una especie con capas. La civilización es la superficie; debajo hay estratos de experiencia vivida que el tiempo no ha borrado del todo, solo ha sumergido. Cada noche, al dormir, descendemos sin saberlo. Antes de Adán es la historia de alguien que sí lo sabe, y que no puede evitarlo.
Leer este libro es dejarse llevar por una de las imaginaciones más físicas y generosas de la literatura norteamericana hacia un territorio donde el lenguaje apenas existe, donde todo se comunica con el cuerpo y con el instinto, y donde la emoción más antigua del mundo —el miedo— resulta ser también la más humana. London escribe con la misma energía con que vivió: deprisa, con los sentidos abiertos, sin miedo a equivocarse.
Pocas novelas consiguen que el lector sienta que lo que está leyendo ya lo había soñado. Esta es una de ellas.