Introducción
Hay ensayos que se leen como argumentos y ensayos que se leen como confesiones. «Amistad», de Ralph Waldo Emerson, pertenece a esa segunda especie: es un texto que piensa en voz alta, que duda, que se corrige, que de pronto se detiene ante una frase como quien se detiene ante un espejo. Emerson no viene aquí a darnos una definición. Viene a decirnos algo que le quema por dentro.
Corría 1841 cuando este ensayo apareció en el primer volumen de sus Essays, y sin embargo tiene la extraña cualidad de los textos que parecen escritos ayer por la tarde, en un momento de lucidez incómoda. Emerson acababa de perder a su hijo pequeño, había enterrado a su primer amor, había visto morir a amigos que eran también sus interlocutores más vivos. La amistad, para él, no era un tema académico: era una herida que todavía sangraba y una convicción que, a pesar de todo, se negaba a abandonar.
Lo que hace singular este texto entre los grandes escritos sobre el afecto humano es su negativa a consolarnos fácilmente. Emerson desconfía de la amistad cómoda, de la que se alimenta de costumbre y de proximidad geográfica. Lo que le interesa es algo más exigente y más extraño: esa relación en la que dos personas se reconocen en lo más alto de sí mismas, no en lo más blando. Sus amigos ideales no se abrazan; se contemplan. Y esa distancia, lejos de ser frialdad, es para él la forma más pura del respeto.
Hay en estas páginas una tensión que no se resuelve nunca del todo, y eso es precisamente lo que las hace tan honestas. Emerson quiere la cercanía y teme la dependencia. Celebra al amigo y desconfía de la institución de la amistad. Escribe sobre el amor entre personas con la misma seriedad con que escribe sobre el alma o sobre la naturaleza, porque para él todo eso forma parte del mismo tejido: el mundo visible como símbolo de algo que no se deja tocar del todo.
Leerlo hoy produce una sensación curiosa. Vivimos en una época que ha multiplicado los canales para conectar con otros y ha empobrecido, quizás, la calidad de esa conexión. Emerson no conocía las redes sociales, pero conocía perfectamente la diferencia entre tener muchos conocidos y tener un solo amigo verdadero. Su diagnóstico, formulado con la elegancia aforística que lo caracteriza, sigue siendo tan incómodo como el día en que lo escribió.
La prosa de Emerson exige algo del lector: no se puede leer deprisa. Cada párrafo contiene al menos una frase que merece detenerse, releer, discutir con uno mismo. Es una escritura que no da todo hecho, que confía en que quien lee es capaz de completar el pensamiento, de llevarlo un poco más lejos. Esa confianza, en sí misma, ya es un gesto de amistad.
Quienes llegan a este ensayo buscando ternura encontrarán algo mejor: encontrarán verdad. Y quienes llegan buscando filosofía descubrirán que Emerson nunca filosofa sin sangre en las venas. Este texto pequeño —apenas unas páginas— tiene el peso específico de las cosas que alguien escribió porque necesitaba entenderlas para seguir viviendo.
Ábralo, pues, con la misma disposición con que se abre una carta de alguien que nos estima lo suficiente como para no mentirnos.