Introducción
Hay libros que llegan como un susurro en mitad de la noche, y hay otros que irrumpen como una luz encendida de golpe en una habitación que creíamos conocer. Alucinación, de Carmen de Burgos, pertenece a esa segunda categoría: te instala en un territorio familiar —el deseo, la percepción, los límites de la conciencia— y luego, con una delicadeza que no avisa, te desplaza de él.
Carmen de Burgos fue una de las voces más valientes y lúcidas de la España de entresiglos. Periodista, viajera, feminista antes de que la palabra tuviera pasaporte literario, escribió bajo el seudónimo de Colombine en una época en que las mujeres que opinaban en público pagaban un precio social considerable. Pero su narrativa no es panfleto ni proclama: es literatura en el sentido más exigente del término, construida con una prosa que sabe ser al mismo tiempo precisa y turbadora.
Lo que hace singular a esta obra dentro de su producción es precisamente el territorio que elige explorar: el de la percepción alterada, el de la frontera porosa entre lo que ocurre y lo que creemos que ocurre. La alucinación no es aquí un recurso fantástico ni un adorno modernista; es una pregunta filosófica formulada en carne viva. ¿Hasta qué punto construimos la realidad que habitamos? ¿Dónde termina la experiencia y dónde empieza la proyección de nuestros propios abismos?
De Burgos conocía bien esa frontera. Vivió en una España convulsa, atravesada por guerras coloniales, crisis de identidad nacional y una modernidad que llegaba a trompicones. Pero también vivió la turbulencia interior de quien desafía las convenciones desde dentro, de quien ama con una intensidad que la sociedad de su tiempo no sabía del todo dónde colocar. Esa tensión —entre el mundo exterior y el mundo que arde por dentro— impregna cada página de Alucinación.
La escritura de Colombine tiene una cualidad poco común: es íntima sin ser confesional, perturbadora sin ser oscura. Hay en ella una claridad de mirada que resulta, paradójicamente, más inquietante que cualquier niebla deliberada. Cuando describe lo que su protagonista percibe o siente, no nos da una versión fiable de los hechos; nos da algo mejor: la experiencia de estar dentro de una conciencia que duda de sí misma.
Leer esta obra hoy tiene algo de reencuentro con una tradición que la historia literaria española tardó demasiado en reivindicar. Durante décadas, Carmen de Burgos fue una nota al pie, un nombre mencionado de pasada en los capítulos dedicados a otros. La relectura atenta de su obra revela a una autora que no necesita ser rescatada con condescendencia: necesita ser leída con la misma seriedad con que leemos a sus contemporáneos masculinos, porque los iguala y en ocasiones los supera.
Hay en Alucinación una modernidad que no ha envejecido, porque no dependía de la moda sino de algo más hondo: la convicción de que la literatura debe atreverse a mirar donde la vida duele o desconcierta, sin apartar los ojos ni buscar consuelos fáciles. Esa convicción sigue siendo, un siglo después, una forma de valentía.
Así que abre estas páginas sin prisa, con la disposición de quien acepta que va a ser ligeramente descolocado. Carmen de Burgos no escribe para tranquilizarte. Escribe para que, al terminar, el mundo te parezca un lugar más complejo, más vivo y más tuyo que antes de empezar.