Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido demasiado llenos de energía para el mundo que les tocó vivir. Robert E. Howard, tejano de Cross Plains, era uno de ellos: un hombre que golpeaba las teclas de su máquina de escribir con tal fuerza que las rompía, que dictaba historias en voz alta mientras caminaba por su habitación, que volcó en la ficción una vitalidad que la vida real no alcanzaba a contener. Murió a los treinta años, y aun así dejó tras de sí una obra que todavía pulsa como un músculo en tensión. Almuric fue una de las últimas cosas que escribió, y lleva impresa esa urgencia particular de quien sabe —o intuye— que el tiempo apremia.
La novela nació en un momento en que la ciencia ficción planetaria estaba en plena ebullición. Edgar Rice Burroughs había llevado a John Carter a Marte y a Carson Napier a Venus; el lector de los años treinta tenía hambre de mundos imposibles, de cielos con dos lunas, de criaturas que no existían en ningún atlas. Howard tomó esa fórmula y la sometió a su propio temperamento: lo que en otros autores era aventura de salón, en él se convierte en algo más oscuro, más físico, más urgente. Almuric no es un planeta de cristal y utopía. Es un mundo brutal, casi prehistórico, donde la supervivencia se negocia cuerpo a cuerpo.
El protagonista, Esau Cairn, llega a ese planeta extraño no como explorador ni como héroe predestinado, sino como un hombre que huye. Hay en él algo que Howard conocía bien: la sensación de no encajar, de ser demasiado para un mundo que premia la mediocridad y castiga la fuerza sin pulir. Cairn es tosco, violento casi por naturaleza, inadaptado a la civilización moderna. Y sin embargo, en Almuric —ese mundo salvaje y sin piedad— encuentra algo parecido a su lugar. Howard nunca fue sutil al trazar estas correspondencias, y esa falta de sutileza es, paradójicamente, parte de su encanto: escribe con la convicción de quien cree en lo que cuenta.
Lo que distingue a Almuric dentro de la obra howardiana es su extraña mezcla de géneros. Tiene la estructura de la novela planetaria, sí, pero respira con los pulmones de la espada y brujería. El mundo que Howard construye no es un escenario de ciencia ficción racionalista: es un lugar mítico, cargado de amenaza sobrenatural, donde los dioses y los monstruos no son metáforas sino presencias reales y aterradoras. Howard siempre fue más poeta del horror cósmico que ingeniero de futuros posibles, y eso se nota en cada página.
Leer Almuric es también leer a un autor en estado puro, sin los corsés que la posteridad impone a los clásicos consagrados. Howard escribía para revistas pulp, para lectores que pagaban unos centavos y exigían que cada párrafo valiera la pena. Esa presión forjó una prosa directa, muscular, sin adornos innecesarios, que hoy resulta refrescante precisamente porque no pide paciencia: te agarra y no te suelta.
Hay en este libro, además, una melancolía que no siempre se menciona. Debajo de la acción y los combates late la historia de un hombre que solo encuentra paz en un mundo que no es el suyo, entre seres que no son de su especie. Es una soledad disfrazada de epopeya, y eso le da una profundidad inesperada.
Quien abra estas páginas encontrará aventura, desde luego. Pero también encontrará el rastro de un escritor extraordinario que puso en un planeta imaginario todo lo que no cabía en su vida real. Eso, al final, es lo que hace que Almuric siga importando.