Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido del lado equivocado de la realidad, como si hubieran cruzado alguna vez una frontera invisible y nunca hubieran podido —o querido— regresar del todo. Ambrose Bierce fue uno de ellos. Veterano de la Guerra Civil americana, testigo de matanzas que la mayoría de los hombres solo conocen en pesadillas, Bierce desarrolló una mirada que veía lo que los demás preferían ignorar: que el mundo de los vivos y el de los muertos no están tan separados como nos gusta creer, y que ciertas casas, ciertos umbrales, ciertas habitaciones guardan memoria de lo que ocurrió entre sus paredes mucho después de que los protagonistas de esos sucesos hayan dejado de respirar.
Algunas casas encantadas reúne una serie de relatos que Bierce construyó con la precisión de un cirujano y la crueldad afectuosa de alguien que sabe que el miedo es, en el fondo, una forma de honestidad. Porque Bierce no asusta por capricho ni por espectáculo: asusta porque cree —o finge creer, que en literatura viene a ser lo mismo— que hay fenómenos para los que el lenguaje racional resulta insuficiente, y que negarlos no los hace desaparecer.
Lo que distingue a estas páginas de la larga tradición de historias de fantasmas es, ante todo, el tono. Bierce escribe con una sequedad casi periodística, como si estuviera levantando acta de hechos verificables, y es precisamente esa frialdad la que eriza la piel. No hay aquí nieblas románticas ni castillos góticos de cartón piedra: hay casas que podrían estar en cualquier calle, habitadas por personas perfectamente ordinarias a quienes les suceden cosas que no deberían ser posibles. La normalidad del escenario amplifica el horror hasta volverlo insoportable.
Bierce era también un estilista implacable. Cada frase está tallada para que no sobre ni falte una sola palabra, y esa economía tiene consecuencias: el lector no puede distraerse, no puede refugiarse en la digresión ni en el adorno. La prosa lo lleva, casi sin que se dé cuenta, hasta el borde de algo que no sabe muy bien cómo nombrar. Y cuando llega allí, Bierce lo deja solo.
Hay en estos relatos una pregunta que late por debajo de todos ellos, silenciosa pero constante: ¿qué hacemos con aquello que hemos visto y que nadie más creerá? Los personajes de Bierce suelen ser hombres y mujeres de mente clara, poco dados a la superstición, que se enfrentan a experiencias que desbaratan su sistema de certezas. Esa es la verdadera perturbación que propone el libro: no el fantasma en sí, sino el momento en que una persona razonable tiene que rendirse ante lo inexplicable.
Leer a Bierce hoy es también leer a un hombre que desapareció. En 1913, con más de setenta años, cruzó la frontera hacia México en plena revolución y nunca volvió. Nadie sabe con exactitud qué le ocurrió. Es difícil no pensar en eso mientras se leen estas historias de umbrales que se cruzan sin retorno, de personas que se internan en ciertos espacios y regresan cambiadas —o no regresan.
Este libro es pequeño en extensión y enorme en densidad. No se lee de un tirón ansioso sino despacio, dejando que cada relato se asiente, que el silencio después de la última frase haga su trabajo. Bierce escribió estas páginas convencido de que la literatura podía nombrar lo que la razón prefiere callar. Abrir este volumen es aceptar esa misma apuesta.