Introducción
Hay una pregunta que Eurípides lanza al aire en esta obra y que todavía no hemos terminado de responder: ¿cuánto vale una vida humana cuando alguien decide entregarla voluntariamente por otra? No como metáfora, no como gesto poético, sino como acto concreto, irreversible, que deja un cadáver y un viudo y unos hijos sin madre. Alcestis es la obra más antigua que conservamos completa de Eurípides, y ya en ella está todo lo que haría de este hombre el más moderno de los trágicos griegos: la incomodidad, la ambigüedad moral, la negativa a consolarnos con respuestas fáciles.
La historia tiene la estructura de un cuento: una mujer acepta morir en lugar de su marido, un héroe llega en el momento justo y la arranca del inframundo, el marido la recupera. Final feliz. Y sin embargo, desde la primera escena, algo raspa. Eurípides no nos deja quedarnos con la versión hermosa. Nos obliga a mirar de cerca a Admeto, ese marido que acepta el sacrificio de su esposa, y lo que vemos no siempre nos gusta. Nos obliga a mirar a Alcestis, esa mujer que muere con una dignidad sobrecogedora, y a preguntarnos si su grandeza la convierte en libre o en prisionera de un ideal que otros han construido para ella.
En el año 438 antes de nuestra era, esta pieza ocupó el cuarto lugar en un ciclo de tragedias, el lugar reservado habitualmente al drama satírico, ese género burlesco que servía de alivio cómico tras las tensiones del espectáculo. Eso explica algo de su tono extraño, esa mezcla de duelo y humor, de heroísmo y ridículo, que desconcertó a los contemporáneos y que sigue desconcertando hoy. Heracles aparece borracho en una casa de luto. La muerte tiene nombre y lleva una espada. Un padre y un hijo se insultan con una ferocidad que haría sonrojar a cualquier familia moderna. Eurípides mezcla los registros sin pedir permiso.
Lo que hace grande a esta obra no es su argumento, sino su temperatura emocional. Alcestis muere en escena, despidiéndose de su lecho, de sus hijos, de una vida que amaba. No muere resignada: muere eligiendo, que es muy distinto, y esa diferencia lo cambia todo. Eurípides convierte un mito de salvación en una exploración del precio que pagan las personas que aman demasiado bien a quienes no siempre lo merecen.
Hay algo en esta tragedia que habla directamente a cualquiera que haya querido a alguien con más generosidad de la que ese alguien supo sostener. Algo que resuena en quienes han visto cómo el heroísmo callado de una persona sostiene la vida entera de otra sin que nadie lo nombre como lo que es. Eurípides lo nombra. Con una claridad que a veces duele.
El griego de Eurípides tiene fama de ser el más accesible de los tres grandes trágicos, el más cercano al habla viva de su época, el que menos se refugia en la solemnidad del coro para decir lo que tiene que decir. Sus personajes discuten, se contradicen, cambian de opinión, mienten. Son, en una palabra, humanos, con toda la incomodidad que eso implica.
Leer Alcestis hoy es descubrir que las preguntas que más nos importan —qué debemos a quienes amamos, qué nos debemos a nosotros mismos, si la nobleza de un gesto redime la debilidad de quien lo recibe— llevan más de dos mil cuatrocientos años esperando respuesta. Y que Eurípides, lejos de dárnosla, tuvo la honestidad de dejarlas abiertas, vibrando, exactamente donde las necesitamos.