Introducción
Hay escritores que llegan a la literatura por la puerta grande de las universidades y los salones literarios. Roberto Arlt llegó por la puerta de servicio, con las manos manchadas de tinta de imprenta y los oídos llenos del ruido de Buenos Aires. Hijo de inmigrantes, autodidacta feroz, periodista de a pie: Arlt no describía la ciudad desde una ventana elevada sino desde la vereda misma, rozándose con los transeúntes, escuchando conversaciones ajenas en los cafés de Corrientes, oliendo el aceite quemado de los talleres mecánicos del Once. De ese roce cotidiano nacieron las Aguafuertes porteñas, columnas que publicó en el diario El Mundo desde 1928 y que hoy leemos como si el tiempo no hubiera pasado.
El título lo dice todo y no dice nada. Un aguafuerte es una técnica de grabado: el ácido muerde el metal, deja una huella irreversible, produce una imagen de líneas nítidas y sombras profundas. Arlt hacía exactamente eso con la prosa. No pintaba Buenos Aires con acuarela ni con la luz amable del costumbrismo decimonónico. La grababa. La corroía. Y el resultado son retratos que duelen un poco, que hacen reír con una risa incómoda, que reconocemos antes de terminar de leerlos.
Cada aguafuerte es breve, pero ninguna es pequeña. En pocas páginas Arlt puede diseccionar al empleado que sueña con ser otra cosa, al compadrito que sostiene su dignidad con gestos vacíos, a la mujer que trabaja doce horas y todavía encuentra tiempo para la ilusión. No hay condescendencia en esa mirada, porque Arlt era uno de ellos. Conocía la humillación económica, la rabia sorda de quien siente que el mundo está organizado en su contra, el orgullo extraño de sobrevivir igual.
Lo que sorprende al leerlo por primera vez es el idioma. Arlt escribe en porteño verdadero, con lunfardo, con giros del arrabal, con frases que parecen robadas de una conversación de bar. En su época eso escandalizó a los puristas. Hoy entendemos que era una decisión estética radical: si quería retratar esa ciudad, tenía que hablar su lengua. No la lengua que debería tener, sino la que tenía. Esa apuesta por la oralidad lo convierte en un escritor extrañamente moderno, casi contemporáneo.
Pero Arlt no es solo un cronista. Debajo del humor —y hay mucho humor, un humor negro y filoso— late una filosofía popular hecha de desencanto lúcido. Sus personajes no son víctimas pasivas ni héroes secretos: son seres complejos atrapados en estructuras que los superan, y aun así capaces de pequeñas grandezas, de solidaridades inesperadas, de una dignidad que se niega a desaparecer del todo.
Leer las Aguafuertes hoy es una experiencia que descoloca de un modo productivo. Uno descubre que ciertas conversaciones no han cambiado, que ciertas angustias urbanas son más antiguas de lo que creíamos, que Buenos Aires —o cualquier ciudad grande y hambrienta— lleva décadas siendo el mismo escenario de los mismos sueños imposibles y las mismas resistencias tenaces.
Arlt murió a los cuarenta y dos años, fulminado por un derrame cerebral, con demasiados libros todavía dentro. Pero dejó estas páginas, que son un espejo roto y preciso de una ciudad y una época, y que funcionan también como espejo de algo más permanente: la condición de quien vive en los márgenes y observa el centro con ojos que no perdonan ni condenan, sino que simplemente ven.
Abra estas páginas en cualquier punto. No importa el orden. Cada aguafuerte es un mundo completo que cabe en la palma de la mano.