Introducción
Hay algo deliciosamente moderno en la idea de que un grupo de turistas, guiados por una agencia de viajes que promete maravillas, acabe descubriendo que el mundo real tiene muy poco que ver con el folleto. Julio Verne, que pasó su vida entera imaginando travesías extraordinarias, eligió en esta novela hacer exactamente lo contrario: reírse, con ternura y con filo, de la ilusión organizada, del viaje convertido en producto, del asombro vendido a plazos.
La Agencia Thompson y Cía. no pertenece al Verne de los grandes héroes solitarios que doman el submarino o el globo. Aquí no hay Nemo ni Fogg. Hay, en cambio, algo quizás más cercano a nosotros: una excursión colectiva al archipiélago de Madeira y las Canarias, con su carga de expectativas, sus pequeñas catástrofes logísticas y sus pasajeros que se observan unos a otros con la misma curiosidad con que deberían estar mirando el paisaje. Verne convierte el turismo de masas —fenómeno que en su época comenzaba a despuntar con fuerza— en un escenario perfecto para la comedia humana.
Publicada a finales del siglo XIX, la novela llega en un momento en que los ferrocarriles, los vapores y las agencias como la célebre Thomas Cook habían puesto el viaje al alcance de la clase media europea. Verne lo vio con ojos agudos: si antes viajar era una aventura imprevisible, ahora se vendía como una aventura garantizada, lo cual era, por supuesto, una contradicción en sus propios términos. De esa contradicción nace toda la gracia del libro.
Lo que sorprende al leerla es la ligereza del trazo. Verne no carga las tintas ni se vuelve cínico. Su mirada sobre los turistas —con sus vanidades, sus miedos, sus enamoramientos de cubierta y sus quejas ante el menú— es la de alguien que los conoce bien porque, en el fondo, los comprende. Hay una humanidad generosa en estas páginas que convive sin esfuerzo con la ironía.
Los paisajes atlánticos, por su parte, están descritos con esa precisión luminosa que Verne heredó de su amor por la geografía. Madeira, las islas afortunadas, el mar abierto: el escenario es real y hermoso, y el autor se permite admirarlo incluso mientras sus personajes lo ignoran ocupados en sus propias pequeñas intrigas. Hay algo melancólico y divertido a la vez en esa distancia entre el mundo y quienes lo recorren sin verlo del todo.
Es también, y esto no es menor, una novela de personajes. La galería que Verne reúne a bordo tiene la variedad y el ritmo de una buena comedia de costumbres: el entusiasta que lo fotografía todo, la pareja que discute, el romántico que suspira por la persona equivocada. Cada uno carga con su propia historia, y el viaje los sacude, los revela, los transforma un poco.
Quienes lleguen a este libro buscando al Verne de las máquinas prodigiosas encontrarán algo diferente y, a su manera, igual de valioso: un escritor que mira a sus contemporáneos con afecto crítico, que sabe que el mayor misterio no está en el fondo del océano sino en la mesa de al lado del comedor del barco.
Abrir estas páginas es embarcarse en un viaje que, paradójicamente, habla de todos los viajes que hemos hecho o soñado hacer, y de lo mucho que nos parecemos, a pesar de los años, a esos turistas que zarparon un día creyendo que la agencia les había prometido el paraíso.