Introducción
Hay obras que no envejecen porque nunca fueron jóvenes: nacieron ya antiguas, cargadas con el peso de todo lo que los seres humanos somos capaces de hacernos unos a otros. Agamenón de Esquilo es una de ellas. Cuando se estrenó en Atenas, en el año 458 antes de nuestra era, el público que llenaba el teatro de Dioniso no fue a ver una historia del pasado mítico: fue a contemplarse a sí mismo, a reconocer en esa familia maldita los mecanismos más oscuros del poder, la venganza y la culpa. Nosotros, veinticinco siglos después, hacemos exactamente lo mismo.
Esquilo escribió esta tragedia siendo ya un hombre mayor, veterano de las guerras médicas, alguien que había visto morir a sus contemporáneos en Maratón y que conocía de primera mano lo que significa esperar el regreso de los que se fueron a combatir. Esa experiencia vivida late en cada verso de la obra: la larga espera de Clitemnestra, los diez años de silencio y de rumores, la hoguera encendida en una montaña lejana que anuncia el fin de la guerra de Troya. Pocos dramaturgos han sabido convertir la espera en algo tan físicamente tenso como Esquilo aquí.
Lo que distingue a Agamenón de casi todo lo que vino antes y de mucho de lo que vino después es su arquitectura moral. No hay villanos simples ni héroes puros. Hay personas atrapadas en cadenas de actos que se responden unos a otros a través del tiempo, donde cada crimen es a la vez castigo de uno anterior y semilla del siguiente. Los griegos tenían una palabra para eso: ate, la ruina que se propaga como una mancha que ninguna mano puede limpiar del todo. Esquilo la convierte en dramaturgia.
El regreso de un rey victorioso debería ser un momento de gloria. Aquí se convierte en algo que el espectador presiente como inevitable y terrible desde los primeros compases, y sin embargo no puede apartar los ojos. Esa tensión entre saber y no querer saber es uno de los grandes logros de la obra: Esquilo nos hace cómplices de lo que ocurre precisamente porque nos lo anticipa, porque nos deja ver lo que los personajes no ven o no quieren ver.
Y luego está Casandra. Pocos personajes en toda la historia de la literatura occidental tienen una escena tan desgarradoramente solitaria como la suya: la mujer que sabe, que dice la verdad, y a quien nadie escucha. En ella Esquilo concentra algo que va mucho más allá del mito: la tragedia de quien posee el conocimiento y carece del poder de que ese conocimiento importe.
El coro, esos ancianos de Argos que observan y comentan y tiemblan sin actuar, no es un adorno arcaico: es la voz de la comunidad que asiste impotente al derrumbe de su mundo. Su canto es a veces oscuro, casi oracular, y requiere del lector una atención lenta y generosa. Vale la pena concedérsela.
Agamenón es la primera parte de la Orestíada, la única trilogía trágica griega que ha llegado completa hasta nosotros. Pero funciona también como obra autónoma, con una unidad y una fuerza que no necesitan de lo que viene después para justificarse. Lo que viene después, sin embargo, existe. Y una vez que esta tragedia haya hecho su trabajo en usted, será difícil no querer seguir.
Abra la primera página con calma. Deje que el ritmo antiguo del verso le marque el paso. Lo que Esquilo construyó aquí no tiene prisa: lleva esperándole más de dos mil años.