Introducción
Hay escritores que necesitan cientos de páginas para revelar lo que Henry James consigue en un relato breve: la grieta invisible que separa lo que los personajes dicen de lo que realmente desean. Adina, escrita en los años en que James descubría Europa con los ojos hambrientos de un americano deslumbrado, pertenece a ese grupo de historias cortas donde la contención lo es todo, donde cada frase pesa más de lo que aparenta.
El escenario es la Italia que James amaba con una mezcla de fascinación y desconfianza: Roma, el calor polvoriento del verano, las ruinas que acumulan siglos de ambición y olvido. Sobre ese fondo antiguo y denso se mueve un puñado de personajes americanos que creen entender lo que tienen delante y que, naturalmente, no entienden nada. Esa distancia entre la certeza y la ignorancia es el territorio donde James se siente más cómodo, y más cruel.
En el centro de todo hay un objeto: una piedra antigua, un camafeo de época imperial que cambia de manos al principio del relato. Parece un detalle menor. No lo es. James sabía que los objetos guardan voluntad propia, que circulan entre las personas dejando a su paso una estela de deseo, culpa y transformación. El camafeo de Adina funciona como un espejo que devuelve a cada personaje su verdadero rostro, aunque ninguno de ellos esté dispuesto a mirarlo directamente.
La figura de Adina misma es uno de esos retratos femeninos que James trazó con especial cuidado a lo largo de toda su obra: una mujer que los hombres que la rodean creen conocer y que resulta ser, en el fondo, la única que actúa con una lógica coherente. Su aparente pasividad esconde algo que en James nunca es simple ni decorativo. Leerla exige atención, porque James no subraya ni explica: confía en que el lector verá lo que sus personajes se niegan a ver.
Esto es, quizás, lo que hace tan particular a este relato dentro de la producción jamesiana: su economía. El James de las grandes novelas tardías —Las alas de la paloma, Los embajadores— puede intimidar con sus frases en espiral y su sintaxis de laberinto. El James de Adina es más directo, más inmediato, y sin embargo igualmente preciso. Es un James de entrada, podría decirse, aunque eso no significa un James menor: significa un James que ha elegido la lente corta para mostrar algo que con la lente larga se difuminaría.
La historia se lee en una tarde, pero sus preguntas duran bastante más. ¿Qué le debemos a quien despojamos de algo que consideramos que no merece? ¿Puede el amor nacer del agravio? ¿Somos dueños de lo que poseemos o somos poseídos por ello? James no responde. Jamás responde. Pero formula las preguntas con una elegancia que hace que uno quiera seguir dándoles vueltas mucho después de haber cerrado la última página.
Italia, en este relato, no es un decorado pintoresco: es una presencia activa, casi una conciencia. El peso de lo antiguo sobre lo moderno, de lo europeo sobre lo americano, de lo que permanece sobre lo que pasa, impregna cada escena. James entendió antes que nadie que sus compatriotas llegaban a Europa creyendo que la historia era un museo y descubrían, demasiado tarde, que seguía viva y que cobraba sus deudas.
Abrir Adina es aceptar esa misma invitación: cruzar un umbral con la confianza de quien cree que va de visita y descubrir que, de algún modo, la historia también habla de uno mismo.