Introducción
Hay escritores que sonríen mientras clavan el cuchillo. Ambrose Bierce era uno de ellos, y Aceite de perro es quizás la demostración más concentrada y feroz de esa habilidad suya para envolver el horror en una prosa de una elegancia casi insultante.
El relato —brevísimo, letal— nos presenta a un narrador que ejerce dos oficios en apariencia incompatibles: fabricante de aceite medicinal y proveedor clandestino de materia prima para su suegro, que trabaja en el negocio contiguo de la reducción de cadáveres humanos. Bierce lo cuenta todo con la serenidad de quien describe la rutina de una panadería. Esa distancia, esa frialdad clínica del narrador ante lo que está relatando, es precisamente donde reside el genio perturbador de la pieza: el lector ríe, se congela, y luego se pregunta con cierta incomodidad por qué ha reído.
Bierce conocía bien la cara oscura de las cosas. Había sobrevivido a la Guerra de Secesión, había visto morir hombres a su lado en Shiloh y en Chickamauga, y de esa experiencia sacó no el cinismo barato sino algo más extraño y más honesto: la convicción de que la crueldad humana merece ser narrada sin aspavientos, porque los aspavientos son otra forma de mentira. Sus cuentos no gritan. Susurran, y eso los hace más inquietantes.
Lo que distingue a Aceite de perro dentro de su obra —y dentro de la literatura satírica en general— es la precisión quirúrgica con que Bierce desmonta la hipocresía social. No ataca a monstruos: ataca a un hombre perfectamente razonable, con sus afectos, sus principios y su lógica impecable. El narrador ama a su esposa, respeta a su suegro, tiene una ética laboral intachable. El absurdo no está en él sino en el mundo que lo rodea, en una sociedad que prefiere no saber de dónde vienen las cosas que consume.
Hay en este cuento un parentesco secreto con Swift, con el autor que propuso comer niños irlandeses para resolver el hambre con toda la seriedad de un memorándum gubernamental. Bierce leyó bien a Swift, y aprendió que la sátira más devastadora no es la que insulta sino la que razona. Cuando el narrador de Aceite de perro explica sus métodos con orgullo profesional, la risa que provoca es incómoda porque su lógica es, en su propio marco, irreprochable.
Leer a Bierce hoy exige soltar cierta expectativa de consuelo. Sus páginas no ofrecen redención ni moraleja tranquilizadora. Ofrecen algo más valioso y más raro: una mirada sin anestesia sobre lo que los seres humanos son capaces de normalizar cuando la conveniencia lo pide. En ese sentido, Aceite de perro no ha envejecido ni un día.
El cuento se lee en menos de veinte minutos. Pero la sensación que deja —esa mezcla de admiración literaria y ligero malestar existencial— dura considerablemente más. Bierce calculó bien las dosis.