Introducción
Hay cuentos que caben en la palma de la mano y, sin embargo, pesan como una vida entera. «Abuelita», de Hans Christian Andersen, es uno de ellos: pocas páginas, casi ningún acontecimiento, y aun así algo en su interior vibra con una intensidad que resulta difícil de explicar y casi imposible de olvidar.
Andersen llegó a los cuentos desde un lugar que no era la biblioteca sino la calle, la pobreza, la vergüenza de haber nacido sin apellido ilustre en la Dinamarca del siglo XIX. Esa herida nunca cicatrizó del todo, y quizás por eso sus historias saben tocar lo que duele con una delicadeza que ningún otro escritor de su época supo igualar. No hay en él la distancia protectora del folclorista ni la frialdad del moralista: hay un hombre que escribe como quien confiesa.
En «Abuelita» esa confesión toma la forma de algo aparentemente sencillo: una anciana, un niño, el hilo invisible que los une. Pero Andersen nunca escribe sobre lo que parece escribir. Debajo de cada imagen suya —una flor, una vela, un mechón de cabello blanco— late una pregunta más honda, una que los adultos solemos dejar de hacernos porque nos da miedo la respuesta. Aquí la pregunta tiene que ver con el tiempo, con lo que permanece cuando alguien se va, con la manera extraña y obstinada en que el amor resiste.
Lo que hace singular a este cuento dentro de la obra inmensa de Andersen es su quietud. No hay reinas de las nieves ni soldaditos de plomo ni patitos perseguidos por el mundo. Hay una habitación, una luz tenue, dos personas. Y en esa contención el danés demuestra algo que los grandes escritores conocen bien: que la emoción más poderosa no necesita escenarios grandiosos; necesita precisión, necesita verdad, necesita que cada palabra esté exactamente donde debe estar.
Andersen escribió este cuento en la madurez de su vida, cuando ya sabía que la fama no cura la soledad y que los aplausos de media Europa no reemplazan ciertas presencias. Se nota. Hay en el texto una serenidad que no es resignación sino algo más valioso: la capacidad de mirar de frente aquello que nos entristece y encontrar en ello, aun así, una forma de belleza.
Para el lector de hoy, acostumbrado a la velocidad y al ruido, «Abuelita» puede resultar al principio desconcertante en su lentitud deliberada. Pero si uno se deja llevar por ese ritmo —que es el ritmo de una tarde de invierno, de una conversación sin prisa— descubre que el cuento le está hablando directamente, sin intermediarios, sobre algo que él también ha sentido y quizás nunca supo nombrar.
Eso es lo que Andersen hace mejor que nadie: devolvernos palabras para experiencias que creíamos mudas. Y «Abuelita», en su brevedad y en su aparente modestia, es uno de los ejemplos más puros de ese don. Léalo despacio. Léalo como se escucha una historia contada en voz baja, en una habitación pequeña, con la luz justa.