Introducción
Hay libros que llegan en el momento exacto, como si alguien los hubiera dejado abiertos sobre la mesa precisamente para ti. Abril encantado es uno de ellos. No importa si afuera llueve o si llevas semanas sintiéndote gris por dentro: en cuanto entras en sus páginas, algo se abre, como una ventana que de pronto deja pasar el olor a glicinia y a piedra caliente bajo el sol de Liguria.
Elizabeth von Arnim nació en Australia en 1866, creció entre Inglaterra y Alemania, y vivió una vida lo bastante complicada como para saber que la felicidad no se hereda ni se compra, sino que hay que ir a buscarla con cierta determinación y, a veces, con un poco de audacia. Esa convicción late en todo lo que escribió, pero en ninguna otra obra suya late con tanta ternura y tanta inteligencia como aquí.
La novela se publicó en 1922, en plena resaca de la Gran Guerra, cuando Europa todavía olía a ceniza y la gente necesitaba, más que nunca, creer que existían lugares donde el tiempo se comportaba de otra manera. Von Arnim les dio ese lugar: un castillo medieval en la costa italiana, alquilado durante un mes de abril por cuatro mujeres inglesas que no se conocen entre sí y que comparten, sin saberlo todavía, la misma hambre de algo que no saben nombrar. Lo que ocurre allí no es exactamente una aventura, ni un romance, ni una revelación filosófica. Es algo más sutil y más duradero: una transformación lenta, casi imperceptible, obrada por la luz, el jardín y el simple hecho de tener tiempo para uno mismo.
Von Arnim era una escritora de raza, capaz de ser al mismo tiempo irónica y compasiva, ligera y profunda. Su prosa tiene esa cualidad rara de parecer fácil sin serlo en absoluto: cada frase está calibrada, cada personaje tiene su propio peso específico, y la comedia de costumbres que despliega con aparente desenfado esconde una observación social tan afilada como cualquier página de sus contemporáneas más celebradas.
Porque Abril encantado también es eso: una mirada lúcida sobre lo que la sociedad inglesa de principios del siglo XX esperaba de las mujeres, y sobre el precio silencioso que ellas pagaban por cumplir esas expectativas. Pero von Arnim no escribe panfletos; escribe novelas. Y en esta en particular, la crítica llega envuelta en sol y en perfume de rosas, lo cual la hace, si cabe, más eficaz.
Hay personajes en este libro que uno no olvida fácilmente. Están construidos con esa economía de medios que solo dominan los escritores que confían en sus lectores, y cada uno de ellos carga con una soledad particular, con una forma propia de haberse acostumbrado a pedir menos de lo que merece. Verlos cambiar, o resistirse a cambiar, o cambiar sin darse cuenta, es uno de los placeres más genuinos que ofrece la lectura.
No es una novela ruidosa. No aspira a sacudir ni a escandalizar. Su ambición es más delicada y, en cierto modo, más difícil: hacerte sentir bien, pero de esa manera honesta que no tiene nada que ver con el escapismo fácil, sino con el reconocimiento de que la belleza existe y que uno tiene derecho a ella.
Guarda este libro para un momento en que lo necesites. O ábrelo ahora mismo, sin esperar. De cualquier modo, abril te está esperando.