Introducción
Hay libros que se leen y libros que se habitan. «A la sombra de las muchachas en flor» pertenece sin discusión a los segundos: uno entra en sus páginas como quien cruza el umbral de una casa desconocida en verano y descubre, de pronto, que el aire de dentro huele a algo que ya conocía sin saberlo.
Este segundo volumen de En busca del tiempo perdido llegó al mundo en 1919 y ganó el Premio Goncourt en medio de una pequeña tormenta literaria —había quienes consideraban que Proust era demasiado burgués, demasiado introspectivo, demasiado lento— y sin embargo el libro sobrevivió a todas las objeciones con la serenidad de las cosas que saben que tienen razón. Hoy nadie discute que aquella decisión del jurado señaló uno de los momentos en que la literatura francesa reconoció su propio futuro.
Pero ¿qué ocurre exactamente en estas páginas? Ocurre la adolescencia. Ocurre el deseo antes de que el deseo tenga nombre. Ocurre Balbec, esa ciudad costera normanda donde el narrador —ese joven sensible y febril que todos hemos sido en alguna medida— descubre el mar por primera vez y, casi al mismo tiempo, descubre que el mundo está poblado de criaturas que brillan con una luz que él no sabe todavía cómo mirar de frente. Las muchachas del título no son personajes al uso: son una constelación, una promesa colectiva, algo que se mueve en grupo por el paseo marítimo con la gracia inconsciente de quien aún no sabe que está siendo observado.
Proust hace aquí algo que muy pocos narradores han conseguido: capturar el instante exacto en que la percepción se convierte en emoción y la emoción en memoria antes incluso de que el momento haya terminado. Leerlo es experimentar una extraña duplicación del tiempo: el tiempo de la página y el tiempo propio del lector se superponen, y de esa superposición nace algo parecido al reconocimiento.
La prosa de Proust intimida por su reputación antes de intimidar por sí misma. Conviene saber que sus frases largas no son un obstáculo sino un método: funcionan como la respiración lenta de alguien que mira con atención, que no quiere perder ningún matiz, que sabe que la realidad se escapa precisamente en los detalles que uno decide no mencionar. Seguirle el ritmo es aprender a ver de otra manera.
En este volumen aparece también Elstir, el pintor que vive retirado en Balbec y que se convierte para el narrador en una especie de maestro involuntario de la percepción. A través de él, Proust despliega toda una teoría del arte como forma de conocimiento: la idea de que solo el artista —y el lector que se entrega— puede ver las cosas tal como son, liberadas del hábito que las vuelve invisibles.
Y luego está Albertine. Aparece aquí, entre las muchachas del grupo, sin que nadie —ni el narrador, ni el lector— pueda adivinar todavía el peso que esa figura llegará a tener. Hay algo de vértigo en releerla sabiendo lo que vendrá; y algo de asombro en leerla por primera vez sin saberlo.
Este es un libro sobre el deseo de comprender a los demás y la imposibilidad constitutiva de lograrlo. Sobre la belleza que duele precisamente porque no dura. Sobre cómo el tiempo, lejos de llevarse las cosas, las deposita en algún lugar interior donde siguen vivas, esperando que alguien las convoque. Proust no escribió para la posteridad como quien lanza una botella al mar: escribió porque necesitaba entender su propia vida, y esa urgencia privada se convirtió, milagrosamente, en una de las experiencias de lectura más íntimas que la literatura ha producido jamás.